sábado, 5 de noviembre de 2011

UN DIA CUALQUIERA

Si en otra vida pudiera elegir el sexo que quiero querría ser hombre y no porque esté incomoda con mi cuerpo sino con el rol que me ha tocado desempeñar por el simple hecho de ser mujer.
Sólo porque la naturaleza tuvo a bien hacerme hembra ya nací con la etiqueta de chica responsable, estudiosa, trabajadora, hacendosa, ama de casa, cocinera, limpiadora, madre abnegada y garante de la ecuación de los niños. Uff, ya estoy estresada y aún no he comenzado a describir un día cualquiera en la vida de una mujer de hoy, liberada y con responsabilidades laborales y hogareñas.
            8:00 H.No haces sino poner un pie en tierra tras una noche llena de “mamá, pipí” y “mamá, agua” – no sé porque en estos casos los niños sólo saben la palabra mamá- cuando te ves inmersa en un marasmo de prisas y carreras para elegir la ropa que se tienen que poner los niños ese día para ir al cole, lavarles el culete, vestirles, peinarles y correr tras ellos para que se laven los dientes después de desayunar. Con tu propio café a medio tomar has de salir pitando para acercarlos a clase y una vez que dan las nueve te ves presta y dispuesta y con la mejor de tus sonrisas para acudir a tu trabajo.
14:00 H. Varias horas de jornada laboral no te liberan, ya que sabes que cuando salgas de aguantar al jefe has de recoger otra vez a los niños, para lo cual debes soportar estoicamente los atascos de tráfico. Debes tener la comida hecha y el frigorífico lleno y además, una buena conversación para no parecer antipática ni aburrida.
16:00 H. Cuando llega la hora de la siesta, todos, padre e hijos, se van a descansar, pero tú tienes que aprovechar la coyuntura para recoger la cocina, poner lavadoras, planchar si es el caso, bordarle al niño el nombre en el baby, darle una manita de agua con Perlan a alguna prenda delicada y todo lo que te dé tiempo antes de que el personal se despierte con energías renovadas y con ganas de ir al parque, a la playa, de paseo o donde ese día toque, eso si no tienes que salir corriendo porque tienes cita con el pediatra, el dentista o las vacunas de los niños- que también son tu responsabilidad-.
18:00 H Tú, hastiada y cansada, intentas poner al mal tiempo buena cara y arrastrando los pies y el alma inicias la jornada vespertina. Intentas hacer una paradita para tomar un café en alguna terraza pero el café se te enfría porque el niño se cae en la plaza, la niña quiere ir al baño o tu marido te llama por teléfono para indicarte que te pases por la tintorería.
Ya estamos en las 19:00 horas. Tu cuerpo y tu mente dicen ¡ basta ¡ pero como eres una superwoman sabes que no puedes parar. Aún te queda llegar a casa, bañar a los niños y prepararles la cena para después poder darte una ducha relajante.
21:00 H. Los niños ya están bañados y cenados y ahora quieren que su mamá les cuente un cuento antes de ir a la cama. Tus neuronas ya no responden y cuando intentas hilar sin éxito unas palabras con otras tus hijos te recriminan que te equivocas en la historia , que así no es y que empieces desde el principio. A la hora de dormirles, has de aguantar el momento de rabieta y los gritos de ¡ a la cama, no¡ y como puedes, les das el pasaporte al mundo de los sueños.
Son las 23.00 H. y te sientas en el sofá junto a tu marido, quien placidamente y después de una relajada ducha, lee el periódico. No tienes fuerzas para hablar, ni para preguntar qué tal el día, ni te cuento para todo lo demás.
A las 24:00 H caes rendida en la cama y el cansancio acumulado te impide un sueño reparador. El cuerpo entero te pesa y la cabeza no deja de trabajar. Cuando crees que ya duermes por fin, un lamento lejano te llega de la habitación contigua: ¡ mamá, pipí,¡ , ¡ mamá agua¡ y dejando a tu pareja-que alguien te dijo un día que era tu media naranja- roncando a pierna suelta,, vuelves a levantarte para seguir siendo aquella que se espera que seas por el simple hecho de haber nacido mujer.    
-Mañana será otro día- piensas mientras besas con ternura a tus retoños, que una vez dormidos, parecen más guapos, más buenos, más altos… Y piensas: ¡En el fondo, qué haría yo sin ellos! Y concluyes que a pesar de los pesares, no te cambiarías por nadie porque ni el stress, ni el trabajo, ni las noches en duermevela evitan que seas la mujer más feliz del mundo cuando tus pequeños monstruos te lanzan una sonrisa y te llaman Mamita.
   
ANA GAMERO.

1 comentario:

  1. Me ha encantado tu primera entrada, muy en el tono de la conversación de ayer y me viene que "ni pintá" pa lo que te voy a decir. Si te he creado el blog es para varias cosas. La primera para que escribas y saques esa vena periodística que te sale a borbotones. La segunda para que cada vez que te subas a tu azotea tomes aire fresco y respires hondo, es tu momento. Por último aquí no vas a ser ni madre, ni esposa, ni trabajadora, ni ama de casa. serás simplemente Ana y eso es genial porque al parecer anda tan atareada en otras labores que se olvida de su propia individualidad.

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