Como las mejores
historias en la vida, todo comenzó por casualidad. Entre copa y copa, ambiente festivo y música
de fondo, Irene me contó su proyecto. Quería fotografiar a mujeres reales y a
través del Boudoir convertirlas en DIVINAS, fuera cual fuera su edad.
Lo que me
impresionó de aquella iniciativa no fue en sí mismo el aspecto estético sino la
idea. Hacer que cualquiera de nosotras, con nuestros años, nuestros kilitos,
nuestra timidez y pudor ante una cámara, con nuestro sentido de ridículo y del
“yo no valgo para eso” se convirtiera en un viaje alucinante hacia el
autodescubrimiento personal. Y eso que al principio, he de confesarlo, no tenía
ni idea de que la experiencia iba a ser tan brutal.
En un primer momento me lo plantee entre risas, luego, como
un reto; Nunca antes se me había ocurrido una idea tan descabellada. Nunca
antes había hecho nada parecido. Pero empecé a pensar: ¿Y por qué no?.
Así, a medida que íbamos profundizando en el proyecto, me fui
entusiasmando con la posibilidad de romper barreras y tabúes y como yo soy de
las que arriesgan y que ha aprendido a ponerse el mundo por montera, me
comprometí formalmente con Irene a ser la Divina de los 40. Soy de las que ya pertenece a esa década y no me importa
decirlo. Es más, con lo que me imponía llegar a esa edad, ha sido cumplirlos y
comenzar a ver la vida de otra manera. He empezado a quererme más, a mimarme
más, a escucharme más. He encontrado ese punto de inflexión en el que sin
desmerecer a los demás, hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Y ese
cambio me ha ayudado en mi evolución vital.
Supongo que las cosas surgen en el momento oportuno y mi
momento había llegado. Aunque aún no sabía cuánto de enriquecedor tendría este
viaje que había emprendido de la mano de Irene Vélez.
Poco después de confirmar mi participación en el proyecto,
esta fotógrafa del alma, como a mí me gusta llamarla, comenzó a requerirme
información. Quería saber de mí, de mis gustos, de mis aficiones, de mis
temores también.
En definitiva, pretendía colarse en mis más profundas
emociones para conocerme algo mejor. Pero a medida que yo iba contestando a sus
preguntas, yo misma me estaba autoanalizando.
Ahí es donde reside la verdadera
esencia de esta sesión. Porque durante más de un mes, día sí día no, Irene iba
planteándome un reto diferente. Me estaba obligando a repasar escenas vividas y
a elegir entre ellas, me estaba retando a encontrar aquellas partes de mí que
más me gustaban, porque las que no me gustaban ya las hallaba yo solita con
mucha facilidad. Me estaba adentrando en mi misma de tal modo que el
aprendizaje fue conjunto, único y auténtico, desprovisto de excusas, alejado de
negaciones, carente de falacias.
Esa a la que yo estaba mirando interiormente era yo, con sus
virtudes y sus defectos, con sus alegrías y sus miserias. ¿Y sabéis que?. Por
primera vez en mucho tiempo me estaba gustando lo que veía. Me estaba aceptando
tal cual era. Había encontrado el equilibrio. Me sentía en paz y sobre todo,
con mucho que dar, a mi misma y a los demás. Eso es ser Divina. Ser mujer. Ser
tú misma.
El resto lo hizo Irene.
Aquella mañana empezó pronto. Madrugón, sesión de peluquería
y maquillaje a cargo de la siempre solicita Alejandra, de Alarte, quien con su
dulzura innata y su buen hacer me hizo sentir una auténtica princesa. Y con la
sonrisa puesta y el alma alegre emprendimos camino hacia Jimena, rumbo a Casa
Henrietta, el hotel elegido por Irene para la sesión. Allá íbamos tres locas por la vida, Irene Vélez, el alma
máter del proyecto, Regla Gómez Tejada, mi fiel amiga y una servidora.
No hubo nervios, nada de vergüenza y sí mucha ilusión en lo
que estaba haciendo. Frente a mí, una fotógrafa de excepción que, silenciosa,
pulsaba una y mil veces el click de su cámara. Y junto a ella, Mi niña Regli,
lanzándome mensajes positivos y haciéndome reaccionar a sus estímulos verbales,
fruto de una amistad profunda y sincera que la hace conocedora de todos mis
resortes.
Disfruté. Disfruté como pocas veces en mi vida. Me sentí
princesa. Me sentí mujer. Me sentí
bella. Y también sexy, por qué no decirlo. Pero sobre todo, me sentí FELIZ. Y
esa es la felicidad sin artificios ni Photoshop que Irene ha reflejado con su
objetivo, más allá del aspecto físico y las poses. Ella ha captado mi esencia,
mi alma y mi espíritu. Ha fotografiado mi interior. Y eso es ARTE.
Siendo sincera, no me reconocí en las fotos. ¿ Aquella mujer
era yo?. Pues sí, vaya si lo era. Lo soy. Irene me ha puesto frente a frente a
esa otra Ana valiente, arriesgada, intensa, cómoda consigo misma, bella y
FELIZ. He sido capaz de verme con los ojos del espectador y me van a perdonar
la chulería, pero me ha encantado lo que he visto.
Me ha sorprendido y
emocionado ver a esa Ana que se refleja en las fotos y que no es más que mi
otro yo.
Cuándo me han preguntado qué he sentido con esta experiencia
he respondido: Vale por tres meses de terapia. Y es que éste ha sido un viaje
alucinante hacia el autodescubrimiento personal, una inmersión en lo más
profundo de mi ser, una mayúscula inyección de autoestima y un análisis
profundo de quién soy y de lo DIVINA que puedo llegar a ser.
Por eso recomiendo la experiencia, porque nosotras, las
mujeres de a pie, también podemos ser DIVINAS. Todas nosotras, porque todas
llevamos dentro a esa mujer atrevida, valiente y arriesgada. Esa mujer que
además de esposa o madre, a pesar de la edad que tenga, sigue siendo Mujer.
Ese es el mejor de los
regalos, el más bello, el más intenso, el del encuentro contigo misma.
ANA GAMERO