jueves, 2 de febrero de 2012

EL PASO DEL ECUADOR

Escribir es mi psicoterapia perfecta, mi forma de expresarme, mi manera de gritar al mundo mis sentimientos, mis reflexiones, mis paranoias. Pensamientos que atraviesan mi mente y que fijo sobre el papel para que no se escapen. Recuerdos que vuelven para revivir momentos importantes de la vida y que merecen la pena ser narrados, al menos para mí.

Porque todos tenemos una faceta narcisista y egocéntrica que nos hace creernos el centro del mundo y pensar que nuestra historia, nuestra biografía debe ser contada. Los escritores tenemos ciertamente exacerbada esta afición del ser humano al yo mismo, nuestro mejor equipo.

Y heme aquí que me encuentro en esa tesitura en la que no dejo de pensar en mi vida, la vivida, y en mi particular paso del Ecuador por ella. He llegado a ese momento en el que he tomado conciencia de los años que han pasado, volando, y una sensación de vértigo se ha apoderado de mí.

He sentido un pellizco en el estómago al pensar en el camino que ya he recorrido, la gente que he conocido, las experiencias que he vivido, las fiestas de las que he disfrutado y las penas que he llorado, las menos.

El tiempo pasa pero yo no me había enterado, hasta ahora. Soy yo esa que ya tiene amigas “desde hace 25 años”, esa cuya promoción universitaria se prepara para celebrar “el 20 aniversario”, esa que está reencontrando en facebook amistades de pubertad, esa que reconoce a sus compañeras de colegio en los rostros de las hijas de aquellas. Y no me gusta.

Hasta ahora yo había pensado en mi misma como la joven llena de energía y proyectos que ha tenido experiencias vitales que no cambiaría, como de hecho no las cambio, pero mi auto-imagen ha cambiado. Me lo constató un maldito cajero de Mercadona hace unos días, cuando al pasar por la cinta la compra diaria me dijo muy sonriente: - “Gracias, Señora”- . ¿Señora? ¿Pero este de qué va?- pensé yo indignada y dolida por lo que yo entendí como una ofensa. La confirmación de que mi edad del pavo ya pasó hace mucho llegó cuando al preguntar a la hija de mi amiga si conocía a Hombres G me preguntó muy seria: ¿Quién?. ¡ Quién! , dije yo, pues esos con los que hemos crecido millones de niñas, esos chicos de pantalón pescador y calcetines blancos con los que reímos, lloramos, nos enamoramos y saltamos como locas al ritmo de `Venecia´o `Sufre Mamón´. Y para terminar de hacerme caer en la cuenta de mi edad me estoy encontrando con antiguos amigos y conocidos de esos que dices “me suena su cara” y luego resulta que fue compañero de juergas y buzón de secretos de juventud. Y dices:

¿ Cómo he podido olvidarlo? Y tú sólo te contestas: “Es que hace ya dos décadas de todo aquello”. Y entonces esa sensación de malestar en el estómago se vuelve a adueñar de mis tripas.

Lo peor de todo este discurso conmigo misma es que si lo lee alguien de menor edad no entenderá de qué hablo y si por el contrario me sigue una persona más mayor se indignará ante mi casi depresión de los casi cuarenta y deseará tenerlos él una vez más. Vamos, que nadie me entenderá salvo que esté pasando por esta misma situación. El no saber si uno está en la franja de edad joven o en la de mayor. En esa edad en la que mirar atrás empieza a ser demasiado lejos y mirar hacia delante se presenta con cierto temor. Esa edad en la que sentimientos como el miedo a la muerte se hacen presentes en tu mente y la idea de hacer testamento “por si acaso” se te aparece de repente. Esa edad en la que los planes de futuro van siendo difusos y empezamos a pensar más en el presente.

Porque no se puede vivir de las rentas del pasado, por muy glorioso que este haya sido, como tampoco se debe esperar en el futuro. Hay que vivir el ahora, el momento, nuestro particular Carpe Diem, porque solo así exprimirás la vida como si fuese tu último día.

Aún así no puedo evitar reflexionar sobre mi propia historia y al hacer el balance de mi particular paso del Ecuador, una sonrisa se adueña de mi corazón: he sido feliz, muy feliz. He reído, he bailado, he disfrutado de mis mejores años llevando como compañeros de camino a una familia estupenda, magníficos amigos y experiencias inolvidables, lo cual provoca en mí cierta morriña que sin embargo me empeño en desterrar. Porque quiero convencerme de que aún quedan muchas cosas bellas que vivir, muchas sensaciones que experimentar, muchas sorpresas por descubrir. Pero esa es otra historia que hasta dentro de otros cuantos años no os contaré…



                                                                                              ANA GAMERO.

viernes, 27 de enero de 2012

LA BANDA SONORA DE NUESTRA VIDA


Todos tenemos una canción especial en nuestras vidas, una melodía que nos emociona y nos retrotrae a momentos felices, sonidos que nos devuelven a escenas vividas y que nos llegan con banda sonora incorporada. Porque cada uno de nosotros llevamos dentro esas notas que un día se quedaron grabadas en nuestro corazón y en nuestra mente y que cada vez que las oímos nos erizan la piel, nos provocan lágrimas o simplemente una sonrisa bobalicona.
Sería interesante conocer cuáles son esas canciones que han marcado nuestra vida. Las mías tienen un sello común: Hombres G, cuyas  canciones me han compañado a lo largo de los años, con las que he gozado, sentido, emocionado y que permanecen intactas en mi mente.
Tuve la ocasión de comprobarlo, cuando hace unos meses, mi marido me hizo un regalo: dos entradas para un concierto de Hombres G, ese grupo de los años 80 con el que entré en  la adolescencia, descubrí los primeros amores, compartí copas con amigas, lloré mis penas, bailé, soñé, reí, viví mis mejores años de juventud.
Yo tenía entonces 15 años y a pesar del tiempo transcurrido, cuando los vi salir al escenario 25 años después, un túnel del tiempo se apoderó de mí y me proyectó hacia el pasado. Entonces volví a tener de nuevo la edad de la niña bonita, rememoré los momentos de confidencias con su música como fondo, recordé la sensación de correr bajo la lluvia con el radiocassete al hombro y aquel concierto en Sanlúcar al que nos llevó mi padre en su Seat 124 cuando  aún cabíamos 7 y no era obligatorio el cinturón de seguridad.
 En aquella ocasión, los cuatro chicos de Hombres G eran unos veinteañeros de mirada pícara, desvergüenza a raudales mezclada con buenas dosis del  romanticismo exacerbado por la pubertad. Llevaban vaquero estrecho y calcetines blancos y eran los más guapos de la fiesta, sobre todo David y Rafa, los más aclamados. Yo llevaba – horror- el pelo rizado con permanente, unos kilos de más y ansias por descubrir el mundo a través de sus canciones, de sus voces, de sus posters, con lo que tenía forradas las paredes de mi habitación. Sufría en mis propias carnes el fenómeno fan, esa histeria colectiva que ataca con mayor virulencia a las quinceañeras y que se incorporó al mundo de la música y a la mitomanía en la década de los 50.
Más me medio siglo después, las niñas hacen acampada durante varias noches para poder ver en concierto a Justin Bieber. Es la misma historia repetida una y otra vez pero con protagonistas diferentes. Elvis Presley la inició, la continuaron Los Beatles y Los Rollings Stones,  Fórmula V, U2,  Madonna, Michael Jackson, Alejandro Sanz, Las Spice Girl, Hannah Montana, Patito Feo y todos aquellos referentes musicales de la juventud de antes, ahora y siempre.
En el concierto de Hombres G, con los artífices de la banda sonora de mi vida, pude comprobar que mis chicos ya tienen canas en sus cabelleras algo más despejadas y que sus rostros reflejan el paso de los años. Ellos habrán visto a una mujer madura, con mechas en el pelo que sin embargo saltaba como una chiquilla loca, coreaba sus canciones al pie de la letra y no sabía si reir o llorar ante un regalo tan especial. Porque durante algo más de dos horas hice un exhaustivo repaso de mi vida, una vida llena de canciones y marcada por la música de los Hombres G. Pero esta es mi historia, es mi banda sonora. Piensa, recuerda, rememora, haz un ejercicio de melodías y dime, ¿ Cuál es la tuya?.

                                                                                              ANA GAMERO.

martes, 24 de enero de 2012

TODOS A UNA

Las cosas se han puesto demasiado feas para muchos españolitos de a pie. La situación en nuestro país está adquiriendo tintes dramáticos y lo peor de todo es que somos nosotros, los ciudadanos, los que tendremos que asumir las consecuencias de la crisis y sobretodo, sufragarla.
Serán tiempos difíciles, de contención del gasto y de rascarse el bolsillo. Tiempos de ahorro y de recortes pero también tiempo de solidaridad, de camaradería y de arrimar el hombro para, entre todos, llevar este barco a buen puerto.
Repasando discursos de grandes hombres que ha dado la historia me he topado con la intervención de uno de los iconos de la política mundial. J.F.Kennedy. Durante el acto de juramento como trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, el 20 de enero de 1961, Keneddy trasladó a los ciudadanos un mensaje que, a mi entender, adquiere hoy más actualidad que nunca.
En su discurso inaugural habló de la necesidad de que los ciudadanos fueran más activos y pronunció una de las frases más famosas y lapidarias: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”. Y ahora que las cosas van mal, creo que todos deberíamos reflexionar sobre qué podemos hacer cada uno de nosotros para mejorar la situación.
También solicitó Kennedy a las demás naciones del mundo que lucharan en conjunto contra lo que él llamo el “enemigo común del hombre: la tiranía, la pobreza, las enfermedades y la guerra misma”. Yo añadiría la crisis y el mensaje sería completa y absolutamente actual a pesar de haber sido leído hace 51 años.
Ha pasado más de medio siglo y las necesidades del hombre siguen siendo las mismas, las más vitales y esenciales y sin las cuales el resto de comodidades son sólo eso, simples adornos.
Es hora de dejar de quejarnos y de empezar a hacer algo en vez de esperar a que nos lo den todo hecho. Es momento de dejar de lamentarnos y de ver la paja en el ojo ajeno, es hora de dejar criticar y ponernos manos a la obra para, en la medida de nuestras posibilidades, contribuir a levantar este país. Ha llegado la hora de remangarnos, mirar en la misma dirección y empujar este carro que se llama España y que es de todos.
Porque aunque todos tengamos nuestros derechos, también tenemos nuestras obligaciones. No podemos esperar de brazos cruzados a que escampe y mientras pretender que papá Estado nos solucione la papeleta. Bien es cierto que debe estar ahí para atendernos cual hijo en apuros pero también es verdad que hemos de responder a sus cuidados con responsabilidad, trabajo y visión global.
Se acabó eso de cobrar el paro y hacer chapús a deshoras o utilizar las recetas del abuelo para ahorrarnos la farmacia o fingir una discapacidad desmedida para cobrar las ayudas de la Ley de la Dependencia. Porque aunque seamos un país donde reina la picaresca, tal y como demostrara Cervantes y quede magistralmente demostrado en `El Lazarillo de Tormes´, al final los excesos los pagamos todos y no engañamos a papá Estado, nos engañamos a nosotros mismos.
Si todos remamos en la misma dirección, lograremos salir adelante, juntos. Y si Kennedy levantara la cabeza nos diría: Adelante, podéis hacerlo, porque sois un gran país, con gente valiente, con iniciativa, con imaginación y coraje. Gente preparada, con capacidad de superación, ilusión y fe en un futuro mejor.

                                                                       ANA GAMERO.






viernes, 13 de enero de 2012

CIUDADANOS DEL MUNDO

¿ De dónde eres, de donde naces o de donde paces?. Utilizo este viejo dicho que solía usar mi abuelo y le doy forma de pregunta para plantear una vieja cuestión muchas veces abordada al amparo de un vinito frente a la barra de un bar. El interrogante no es baladí y encierra en sí mismo una paradoja. Porque si la experiencia vivida y el acogimiento de las gentes de otras tierras logran hacer plenamente feliz a una persona “forastera” no es menos cierto que uno no olvida sus raíces, aunque nunca haya vivido en el lugar donde dicen que nació.
            Pienso así en los millones de emigrantes que un día, de forma voluntaria o imperativa, salieron de sus casas para emprender un viaje con un futuro incierto y en ocasiones sin retorno.

Se empeñaron en forjarse un futuro para ellos y para sus familias. Trabajaron duro, se amoldaron a la sociedad que los había recibido, aprendieron sus costumbres, sus tradiciones y en muchos casos su idioma y se integraron hasta casi convertirse en uno de ellos. Pero ese “casi” siempre estuvo ahí, para recordarles quienes eran y de dónde venían y para transmitir a sus vástagos su morriña por aquella tierra perdida, ahora idealizada en ensoñaciones nocturnas y veladas taciturnas. Muchos nunca pudieron volver pero dejaron su herencia en forma de semilla a sus descendientes.

Ellos, nacidos ya en otro lugar, tienen el recuerdo del pueblo a través de las historias que contaba su padre o su abuelo. Sólo tienen referencias de aquel lugar de juegos infantiles y adolescentes de sus mayores. Quizá lo han visitado alguna vez en plan turista y con una mirada condescendiente que a cada pisada por sus calles y plazas se va convirtiendo en un apego inexplicable a una tierra que no es la suya ¿o sí? .

Porque  la semilla que un día plantó su antecesor ha germinado de una forma apenas perceptible y esas raíces tan fuertes tienen ya ramificaciones que no se pueden arrancar del alma. Ahora comparten amores, el de su tierra natal y el de aquella cuya sangre llevan.

Muchos saben por experiencia propia que cuando se dan estos casos, difícilmente se es de algún lugar o de ninguno. Allí eres “de fuera” a pesar del paso de los años y aquí eres el “forastero” cuyo antepasado era lugareño.

Allí las comidas que hace tu madre no se asemejan a las de la madre de tu amigo, los vecinos no conocen los dichos y palabras que utiliza tu padre y tu acento tampoco coincide exactamente con el de tus compañeros de clase, que inciden en tu tonillo. Aquí, tu forma de hablar también es distinta, tus costumbres, otras. Hasta la forma de vestirte o de peinarte es muchas veces distinta y llamativa a los ojos de los más viejos del lugar.

El único modo de actuar ante esta forma de “no encajar” en ninguna parte es convertirte en ciudadano del mundo, amar la tierra que te ha visto nacer y aquella en la que un día vivieron tus padres y abuelos. Ser español y alemán, gallego y argentino, vasco y extremeño, andaluz y catalán. Aunar tradiciones, costumbres y culturas. Y es que el mestizaje siempre da resultados positivos porque mejora la especie, la del ser humano, que nazca donde nazca o viva donde viva siempre compartirá el amor por su tierra y el respeto a la memoria de sus antepasados.



                                                                                              ANA GAMERO.

martes, 20 de diciembre de 2011

EL SENTIDO DE LA NAVIDAD

Un año más, las luces iluminan las calles de nuestras ciudades, los villancicos empiezan a sonar en los supermercados y grandes superficies y los chinos se inundan de decoración navideña. Las flores de Pascua se abren paso en nuestras casas, donde ya comenzamos a instalar el belén y a buscarle sitio al árbol.
Los turrones, polvorones y mazapanes recuperan protagonismo y los calendarios de adviento han iniciado su cuenta atrás para el día de Navidad. Papá Noel comienza a bajar por la chimenea y los Reyes Magos se afanan en realizar el largo camino desde Oriente hasta nuestros hogares.
La maquinaria de la Navidad ha dado comienzo y nos atrapa entre sus guirnaldas, sus relucientes estrellas y su fiesta continua. Primero, una comida navideña con los del trabajo, después, coN los amigos y más tarde con la familia de uno y por ende, con la del otro. Un cúmulo de saraos y zambombas a ritmo de villancicos, aderezados con ese espíritu navideño que nos embarga y que nos impulsa a una exaltación de la amistad a la tercera copa y a un talante solidario, más humano y tolerante que nos abandonará pasado el 6 de enero.
Hasta aquí, nada que ver con el aspecto religioso de la fiesta ni con los importantes valores que ella transmite. Porque la Navidad se ha desvirtuado o mejor dicho, la hemos desvirtuado. La hemos convertido en una fiesta del consumo, de las comilonas, de las resacas mañaneras, de los amigos invisibles y de las cartas de regalos kilométricas.
Y la Navidad no es eso. Quienes mejor la entienden son los niños, esos seres inocentes que mantienen intacta la ilusión, que ríen con la mirada ante la espera del Día de Reyes, que sueñan con ver en acción a Melchor, Gaspar y Baltasar. Esos niños que gozan junto a su padre montando el belén y ubicando al “caganet” cerca de El Portal , esos niños que montan el árbol de forma asimétrica pero cargado de amor. Ellos deben ayudarnos a encontrar la verdadera esencia de la Navidad. Esa que hemos olvidado entre tanta parafernalia. Volver a los orígenes, a la raíz de la Navidad. Que no es más que la celebración de la llegada de un niño, que después se convertiría en un hombre de bien, un hombre de paz, un hombre de amor.
Solo con esto es suficiente. Y sin embargo, al llegar estas fechas nos empeñamos en salir de fanfarria, servir grandes y suculentas cenas y embargarnos de consumismo. Y este año, más que ningún otro, deberíamos pararnos a pensar en las millones de familias vecinas que en esta Navidad no podrán servir a la mesa grandes manjares, ni podrán hacer dispendios en Nochevieja ni tampoco encargar a los Reyes todos los regalos que quisieran para sus hijos. Y es que la crisis también ha llegado a la Navidad.
Este año, las colas estarán en muchos albergues y parroquias para disfrutar de un techo y un plato caliente y en muchos hogares habrá regalos gracias a la solidaridad de numerosas organizaciones que cada año se afanan para que no haya ningún niño sin juguete. Este año en muchos hogares no aparecerán los elegantes langostinos, con su color sonrosado y sus estilosos bigotes y nos conformaremos con una botellita de sidra como sustitutivo del Moet Chandon. La cosa no está para despilfarrar.
 Aunque bien mirado, si dejamos a un lado el aspecto meramente material, lo importante en estos días es compartir penas y alegrías con la familia, tener un hombro amigo en el que apoyarte, abrazar, besar, amar, soñar. Mirar a través de los ojos de los niños, en los que reside el auténtico espíritu de la Navidad.
 Y si nos asomamos a su mirada podremos contemplar ese cielo estrellado en el que aparece una estrella fugaz que nos lleva hasta un pequeño portal en el que una madre envuelve en un paño a su hijo recién nacido, al que adoran los pastores e incluso tres regias majestades llegadas de Oriente. A través de sus ojos infantiles veremos el sentido de estas fiestas, en las que la ilusión y el mensaje de paz y solidaridad adquieren su auténtica dimensión y no necesitan de abalorios, festines ni grandes regalos para triunfar. Gracias a ellos volveremos a ser lo que fuimos: niños maravillados ante la magia de la Navidad.

                                                                                                              ANA GAMERO.


lunes, 12 de diciembre de 2011

JUGAR A JUGAR

Cómo han cambiado los tiempos. En las últimas décadas hemos asistido a un profundo desarrollo de la sociedad y a cambios vertiginosos a nivel tecnológico y educacional. No en vano hemos vivido un cambio de siglo, con la consiguiente revolución que un cambio de era trae consigo. Definitivamente, este siglo XXI será el de las nuevas tecnologías, la domótica y la inteligencia artificial, un siglo de cambios profundos en el que ser humano vivirá más de 100 años, pisará Marte y quién sabe si algún planeta más y descubrirá las infinitas posibilidades del cerebro entre otros grandes avances.
Sin embargo hay algo que ni ha cambiado ni cambiará y eso son los niños. Sea la época que sea, el lugar del que procedan, la lengua que hablen, la clase social a la que pertenezca, un niño siempre quiere jugar.
Las primeras evidencias arqueológicas sitúan los primeros juguetes en Mesopotamia, donde hace más de cinco mil años los niños jugaban con huesos de corderos o animales rumiantes.
En Egipto se entretenían con pequeñas miniaturas bajo la forma de armas y muñecas e incluso daban patadas a una pelota hecha con juncos y en Roma, los niños se divertían con yoyós y peonzas.
Tiempo después, en el siglo XV llegarían los muñecos articulados, los títeres y los primeros robots, creados por Leonardo Da Vinci. También aparecieron los soldaditos de plomo, los caballitos de madera y las muñecas de trapo o de cartón, juguete éste que ha sobrevivido al paso del tiempo y que con sus consabidos cambios sigue siendo el regalo estrella para las niñas.
Con la industrialización, en el siglo XVIII, Europa se transforma y con ella, el mundo del juguete. Aparecen materiales nuevos como la hojalata y aparece por vez primera el juguete educativo y pedagógico.
Pero la auténtica revolución llegará con el siglo XX y en 1948 se aplica el plástico por primera vez para hacer una muñeca. Pero ahora que lo pienso, eso sería en algunas casas porque en la de mi madre, las muñecas eran de cartón, de esas que cuando mi tía las bañaba se deshacían con el consiguiente disgusto de la afectada, que no volvía a tener otra muñeca hasta los siguientes Reyes. También las tuvo mi madre de trapo, muñecas hechas en casa con trozos de retales sobrantes, muñecas que acompañaron su infancia como fieles testigos de su niñez y compañeras de viaje hasta la pubertad.
Aunque no fueron las muñecas las únicas protagonistas de la infancia de los niños de los años 40, 50 y 60. También ocupaba un lugar preponderante el diábolo y la comba, a la que saltaban y saltaban las avezadas niñitas, quienes también se preparaban para el mañana jugando a las cocinitas. Los niños por su parte se divertían con el aro, la pelota, las chapas y cómo no, el fútbol, consorte de las muñecas en su protagonismo como juego preferido, esta vez por los chavales. Y por supuesto, todos los niños sin distinción jugaban en la calle, a la intemperie y sin ponerse malos.
La llegada de los videojuegos y del comecocos cambio el estilo de juego de los niños de los años 70 y 80 si bien estos ya se conocían en USA desde la década de los 50.
Y es que a pesar de que algunos nos aferramos al Mi Bebé o la Nancy, el set de la Señorita Pepis, la tiza, el elástico, los cromos, el trompo y las canicas, el advenimiento de las nuevas tecnologías modificó totalmente el sentido de la palabra jugar y delimitó el ámbito de juego al entorno de una pantalla de televisión, en primera instancia, un ordenador después y ahora a una diminuta pantalla de la Nintendo, la PSP, el teléfono móvil y demás artificios tecnológicos.
Y ahora viene la pregunta de qué fue primero si el huevo o la gallina. ¿Han cambiado los gustos de los niños o hemos condicionado sus juegos a un nuevo estilo de vida y a las necesidades de los mayores?. ¿Se han vuelto más exigentes o somos los padres los que no sabemos decirles No?. Con respecto a esta pregunta, en la que yo misma caigo con mis hijos, que no han sabido a qué juguete atender en el día de los Reyes por la cantidad de regalos que han recibido, quiero hacer constar que el juez de menores Emilio Calatayud recomienda explícitamente que no se les dé a los niños todo cuanto pidan ni se les concedan todos los caprichos, pero claro, ahora creemos que somos mejores padres que nuestros abuelos y no hacemos la carta a los Reyes con el encargo de un solo regalo. Ahora no tenemos sitio suficiente para escribir a sus Majestades, quienes llegan cargados de juguetes que después nuestros hijos ni siquiera mirarán ni tampoco valorarán. Yo entono el mea culpa, que conste, porque todo nos parece siempre poco para nuestros niños si bien reconozco que una pelota es más que suficiente para entretener a los infantes durante una buena jornada de juegos.
De hecho, la pedagoga, Elinor Goldschmied, tras la observación de las tribus más primitivas, realizó una propuesta o teoría para el desarrollo extrasensorial de los bebés llamada “El Cesto de los Tesoros” que no es más que darle a un niño para jugar objetos naturales que estimulen sus sentidos tales como ovillos de lana, objetos de madera, esponjas, corcho, piel o tela, entre otros.
Volvemos pues a los orígenes, a lo básico y no hay nada más básico que la necesidad de jugar de un niño, su instinto por la diversión y el desenfado y su capacidad para adaptar a esta experiencia universal cualquier objeto a su alcance, sea cuál sea.
Y aunque los tiempos cambien, los juguetes se desarrollen hasta su máxima expresión y se inventen nuevas formas de entretenimiento, siempre debería quedar imaginación, espontaneidad y creatividad en ellos para jugar y propiciar su posterior desarrollo como personas. Y sea cuál sea el juguete que hayamos elegido para ellos, darles una infancia feliz, llena de experiencias, sonrisas, cariño y atención será siempre el mejor de los regalos.   
                                                                                  ANA GAMERO.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL ESPIRITU DE LA NAVIDAD

Ya está aquí la Navidad y con ella, un cúmulo de buenos deseos para estas fechas. Y es que durante estos días un sentimiento fraternal nos embarga y el espíritu navideño nos invade y llena nuestros corazones de alegría, tolerancia y bondad.
Cómo ya sé que no es posible que este estado de generosidad navideña nos dure todo el año, quiero abogar por exprimir todo el jugo a estas fiestas.
            Así, propongo esforzarnos en ser mejores personas de lo que normalmente ya somos con acciones fáciles de realizar y muy muy satisfactorias.
Por ejemplo, ceder el paso al coche que se quiere incorporar a nuestro carril, ayudar a la señora que va cargada de bolsas o simplemente ser más tolerantes con los errores ajenos.
            Olvidemos nuestras diferencias con amigos, primos o vecinos y pensemos en el otro; pongámonos en  su lugar y seguro que no vemos las cosas tan blancas o tan negras.
Instalemos una sonrisa en nuestros corazones, una sonrisa que saldrá al exterior y se instalará en nuestro rostro y nos provocará una luz especial en la mirada.
Abracemos a nuestros seres queridos como si fuera la última vez. Digámosles cuánto les queremos y lo felices que nos hacen. Dediquémosles más tiempo y olvidémonos de las prisas; hablemos, juguemos, paseemos y aprovechemos cada instante para vivirlo plenamente y guardarlo en nuestra memoria.
Llamemos a ese amigo o amiga en el que pensamos pero con el que por falta de tiempo no hablamos. Busquemos un bonito mensaje para enviar vía correo o vía e-mail a nuestros seres queridos.
Brindemos por la paz en el mundo, por la erradicación de la pobreza y por la eliminación de barreras entre los seres humanos. Y después de brindar y tener un buen deseo, llamemos a alguna de las cientos de ONG que hay y hagámonos socios- porque no sólo de intenciones vive el hombre-.
Busquemos también la forma de colaborar con nuestros convecinos en las tareas diarias y seamos capaces de reconocer que nos hemos equivocado cuando así haya sido.
Encontremos la forma de ser más felices y de hacer felices a los que nos rodean. Ahí radica el espíritu de la Navidad, un halo de emoción que nos hace sentirnos mejores personas, irradiar optimismo y compartir con familia y amigos momentos de confraternidad.
Es tiempo de celebrar, tiempo de alejar de nosotros la polémica y los sinsabores de la vida diaria. Son fechas para pensar en lo verdaderamente importante de la vida y tener esperanza en un futuro mejor para nosotros y para las generaciones venideras.
Es hora de reflexionar sobre qué mañana queremos para esta sociedad nuestra y hacernos parte activa de ese cambio que se nos brinda de manera gratuita para lograr el milagro de la Navidad.

                                                                                  ANA GAMERO.