miércoles, 22 de febrero de 2012

LA FIESTA DE LA LIBERTAD





Don Carnal llega un año más a nuestras vidas para dibujar una sonrisa de felicidad en nuestros rostros abigarrados por la rutina diaria, el aburrimiento y los problemas, que este año nos vienen al cuadrado gracias a la crisis.
Este indómito caballero que siempre nos visita por febrero desde hace miles de años arremete contra lo establecido y lo políticamente correcto para dar un poco de salsa a nuestra vida y de paso liberarnos durante unos días de las mordazas impuestas o autoimpuestas, según sea el caso.
            Y es que aunque pensemos que el carnaval es para niños y para que las mamás gocemos disfrazando a nuestros retoños de aquello que según alguna teoría del psicoanálisis, hubiéramos querido Ser, esta fiesta pagana en su origen es mucho más de lo que en realidad parece.
            Durante los días que duran estos festejos más o menos celebrados en todos los lugares y tan castigados durante la dictadura franquista, la alegría inunda las calles de los pueblos y ciudades, los confetis, guirnaldas y serpentinas dan un tono multicolor al gris asfalto, los personajes de nuestros cuentos y de nuestros sueños y/o pesadillas salen de nuestra imaginación para hacerse reales y el `buen rollo´, tan necesario en estos tiempos, se hace el dueño de nuestras almas.
Además, el carnaval te da licencia para expresarte con libertad a través de las coplas que repletas de sarcasmo e ironía arremeten contra los poderes fácticos, narran cual juglar la situación social del momento y se ríen de lo cotidiano. De ahí la importancia de que exista el carnaval porque es un soplo de aire fresco frente a la constreñida Doña Cuaresma, tan rígida y tan recatada ella.
Esa libertad que todos ganamos con la Constitución de Cádiz en 1812 y que durante décadas estuvo coartada, queda refrendada cada carnaval porque es en estos días cuando el derecho que siempre tenemos a expresarnos queda patente y nos recuerda que esa libertad que prodiga Don Carnal es algo que nos hemos ganado a pulso, algo que debemos defender frente a los intentos de censura que arrecian cuando hay a quien no le gusta lo que se canta a ritmo de tres por cuatro.
Coros, comparsas y chirigotas pregonan al son de la caja y el bombo las vicisitudes de la vida diaria, las injusticias sociales y los despropósitos del político de turno aunque todo ello va aliñado con el toque de humor que da singularidad al carnaval y sin el cual éste no se entiende.
Así, cuando en estos carnavales salgamos a la calle a disfrutar de la fiesta, la música y el baile de máscaras, también saldremos a reivindicar nuestra libertad de expresión y nuestro derecho a ejercerla. Saldremos a decir a los poderes fácticos que nosotros, el pueblo, tenemos voz y voto.
Quizá haya quién no comulgue con las ideas de Don Carnal, no entienda la grandeza de la Democracia y el respeto por las opiniones de los demás aunque para esos siempre quedará Doña Cuaresma.



                                                                                              ANA GAMERO.

viernes, 10 de febrero de 2012

EL CUENTO DE CUANDO EL PRINCIPE O LA PRINCESA SALIERON RANAS



 Los cuentos de hadas siempre nos narran las historias de amor en clave de “princesa” en apuros salvada por apuesto “príncipe azul”.

Cierto es que las historias van cambiando y acomodándose a los nuevos tiempos, aunque la esencia sigue siendo la misma, los estereotipos continúan manteniéndose y aquel que no se ajusta a los personajes establecidos queda fuera del marco de fotos de lo políticamente correcto.

Y es que hay niños y niñas que desde su más tierna infancia sienten cambiados los papeles. Pequeños principitos a los que les gustaría ser princesas; Princesitas a las que sus mamás miran con cara de preocupación por que no son las “señoritas” que ellas quisieran que fueran.

Y cuando abandonan el maravilloso mundo infantil y se adentran en la adolescencia, un torbellino de sentimientos encontrados se manifiesta, una lucha interior se desata en sus corazones y en sus cuerpos porque sienten diferente a los chicos y chicas que les rodean y desean estar secretamente con ese amigo o amiga especial con el que les gustaría llegar a más.

            Afortunadamente de unos años a esta parte, y en buena medida gracias a los medios de comunicación y a personajes como el político Pedro Zerolo, el juez  Grande- Marlaska, el cineasta Pedro Almodóvar, la actriz norteamericana Ellen Degeneres o el presentador televisivo, Jesús Vázquez, entre otros muchos, ahora ser gay o lesbiana está perfectamente aceptado en la forma – aún no sé si en el fondo-, si bien el camino que estos chicos y chicas han de seguir hasta aceptar, hasta aceptarse como homosexuales, es ciertamente difícil y tortuoso.

            Tengo muchos amigos gays y todos ellos coinciden en señalar que hasta aceptar su condición lo pasaron mal si bien una vez reconocida su homosexualidad, la felicidad se instaló en sus vidas ya que aprendieron a quererse tal y como son, personas con sus virtudes y sus defectos que aman, sufren y lloran y que sólo quieren vivir como uno más dentro de nuestra sociedad.

            Hoy día el colectivo homosexual es de los más demandados por empresas automovilísticas, cadenas hoteleras, el mundo de la moda y el sector restaurador porque supone un foco inversor enormemente importante dentro de nuestra economía ya que estas parejas no sufren las cargas propias de una familia que se diga “normal”. Así, dado su poder adquisitivo, se pueden permitir el lujo de comprar un coche biplaza, un loft o un conjunto de Dolce & Gabanna y también pueden disfrutar al completo de sus vacaciones en cualquier crucero o punto lejano del planeta sin tener que mirar el calendario escolar.

            Hay veces en las que incluso me dan envidia por la libertad que , aunque claro, eso es ahora, porque no hace mucho tiempo se les perseguía, torturaba y asesinaba simplemente por su condición sexual.

Genios como Lorca y otros tantos personajes anónimos murieron sólo por ser gays en un mundo en el que los roles estaban perfectamente definidos: los hombres tenían que ser muy machos y las mujeres unas señoritas.

Se olvidaron de que hubo una era de esplendor para la cultura, la ciencia y la filosofía en la que los hombres de la civilización griega sólo amaban la belleza sin tener en cuenta bajo que cuerpo se presentara, como también se olvidaron de las alegorías egipcias sobre la homosexualidad o de las alusiones de los poetas romanos Virgilio y Horario sobre el deseo entre personas del mismo sexo. O quizá también obviaron la condición homosexual de figuras renacentistas como Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, entre otros artífices del desarrollo científico y artístico de nuestro mundo.

Y digo esto para demostrar que en esta vida todo depende del color con el que se mire y de la época histórica de la que hablemos, de las normas que se establezcan, de los prejuicios que se instauren, de la influencia de la religión imperante y de otros tantos factores que nada tienen que ver con la individualidad de la persona.

Por eso doy gracias por vivir en estos tiempos de tolerancia y libertad en los que nadie mande sobre los sentimientos de nadie ni sobre la cama de nadie y estoy muy orgullosa de tener amigos gays y lesbianas que han sabido saltar las barreras de los prejuicios y reclamar su propia identidad como personas.

lunes, 6 de febrero de 2012

LA MARIPOSA ROSA




Todo cuento que se precie debe empezar por el clásico Erase una vez, así que para comenzar con buen pié, asumiremos como propio el Erase una vez…

Mi historia es la historia de una mariposa. Nació, como todas, de un huevo y tras pasar por su etapa de oruga en el pequeño mundo que la protegía, experimentó una gran metamorfosis y se transformó en crisálida en la que ya como adulta despuntó por su belleza, gracia y elegancia. Vivía en un bosque mágico en el que el sol se colaba por las rendijas de los árboles y las flores multicolores  extendían su manto por doquier.

La mariposa, que se llamaba Rosa, volaba y volaba libando el néctar de las flores, rodeada de calor y comodidad. Coexistía acariciada por las ramas, protegida por las rocas, refrescada por el  arroyo que circundaba su hábitat.

Así transcurría una vida apacible y programada hasta que un día la mariposa Rosa miró más allá. Levantó las antenas y quiso elevarse para ver el mundo. Y voló. Y ascendió hasta alcanzar las copas de los árboles y entonces lo vio. Un horizonte inmenso por explorar, hermoso y cargado de misterios.

Y la mariposa Rosa decidió que quería ver el mundo, conocer a otras mariposas, posarse en otras flores, beber de otras fuentes. Voló y voló y voló y aprendió muchas cosas durante su largo viaje y cuando estuvo colmada de experiencias, inició el regreso al hogar, de nuevo al amparo de su comunidad.

Narró a sus compañeras lepidópteras las mil y una experiencias vividas y se dispuso a ser una buena mariposa, una mariposa que fuera lo que se esperaba de ella. Y es que según lo establecido por su sociedad, al crecer una mariposa debe dejar de volar sin ton ni son, debe fijar su rumbo y seguir el objetivo de poner huevos y formar nuevas larvas.

Fue tanto el empeño que puso en esta tarea la mariposa Rosa, que incluso se olvidó de soñar, guardó sus deseos en un cofre con forma de nuez, puso a hibernar sus sentimientos y se olvidó de  sí misma, de cuidar sus alas, de avivar los colores a fuerza de retos e ilusión. Se dio a los demás y su vuelo se volvió lánguido y rasante, sin aspavientos, alejado de cualquier pirueta y desprovisto ya del entusiasmo que tanto la caracterizó.

Pero un buen día, algo la despertó de su maduro letargo. Un viento huracanado se levantó en su interior,  su sueño se agitó y entonces un arco iris de color inundó su corazón. Era ella, Rosa, la mariposa. Siempre había estado allí y redescubrió que bajo la apariencia que se había pegado como una segunda piel en su abdomen con el paso de los años, seguía latente esa pequeña rebelde que tanta curiosidad tenía por la vida y que con tanto énfasis abordaba cada nueva experiencia y aventura.

Las alas volvieron entonces a recobrar su brillo y aquellos colores crisálidos con los que la naturaleza la doto y retomo los vuelos de reconocimiento. Subía a las alturas para después iniciar el descenso en picado a sabiendas de que esa sensación indescriptible en la que se cruza el miedo con la pasión y la adrenalina dura solo unos segundos. Sin embargo, algo en su interior se removía desvelándole el sentido de su efímera  vida.

Porque tal y como aprendió la mariposa Rosa, no se puede hacer feliz a los demás si uno no es feliz antes. Y solo lo conseguiremos si cada uno de nosotros miramos en nuestro interior, desciframos nuestro destino y buscamos la manera de hacer realidad nuestros sueños.
                                                        

jueves, 2 de febrero de 2012

EL PASO DEL ECUADOR

Escribir es mi psicoterapia perfecta, mi forma de expresarme, mi manera de gritar al mundo mis sentimientos, mis reflexiones, mis paranoias. Pensamientos que atraviesan mi mente y que fijo sobre el papel para que no se escapen. Recuerdos que vuelven para revivir momentos importantes de la vida y que merecen la pena ser narrados, al menos para mí.

Porque todos tenemos una faceta narcisista y egocéntrica que nos hace creernos el centro del mundo y pensar que nuestra historia, nuestra biografía debe ser contada. Los escritores tenemos ciertamente exacerbada esta afición del ser humano al yo mismo, nuestro mejor equipo.

Y heme aquí que me encuentro en esa tesitura en la que no dejo de pensar en mi vida, la vivida, y en mi particular paso del Ecuador por ella. He llegado a ese momento en el que he tomado conciencia de los años que han pasado, volando, y una sensación de vértigo se ha apoderado de mí.

He sentido un pellizco en el estómago al pensar en el camino que ya he recorrido, la gente que he conocido, las experiencias que he vivido, las fiestas de las que he disfrutado y las penas que he llorado, las menos.

El tiempo pasa pero yo no me había enterado, hasta ahora. Soy yo esa que ya tiene amigas “desde hace 25 años”, esa cuya promoción universitaria se prepara para celebrar “el 20 aniversario”, esa que está reencontrando en facebook amistades de pubertad, esa que reconoce a sus compañeras de colegio en los rostros de las hijas de aquellas. Y no me gusta.

Hasta ahora yo había pensado en mi misma como la joven llena de energía y proyectos que ha tenido experiencias vitales que no cambiaría, como de hecho no las cambio, pero mi auto-imagen ha cambiado. Me lo constató un maldito cajero de Mercadona hace unos días, cuando al pasar por la cinta la compra diaria me dijo muy sonriente: - “Gracias, Señora”- . ¿Señora? ¿Pero este de qué va?- pensé yo indignada y dolida por lo que yo entendí como una ofensa. La confirmación de que mi edad del pavo ya pasó hace mucho llegó cuando al preguntar a la hija de mi amiga si conocía a Hombres G me preguntó muy seria: ¿Quién?. ¡ Quién! , dije yo, pues esos con los que hemos crecido millones de niñas, esos chicos de pantalón pescador y calcetines blancos con los que reímos, lloramos, nos enamoramos y saltamos como locas al ritmo de `Venecia´o `Sufre Mamón´. Y para terminar de hacerme caer en la cuenta de mi edad me estoy encontrando con antiguos amigos y conocidos de esos que dices “me suena su cara” y luego resulta que fue compañero de juergas y buzón de secretos de juventud. Y dices:

¿ Cómo he podido olvidarlo? Y tú sólo te contestas: “Es que hace ya dos décadas de todo aquello”. Y entonces esa sensación de malestar en el estómago se vuelve a adueñar de mis tripas.

Lo peor de todo este discurso conmigo misma es que si lo lee alguien de menor edad no entenderá de qué hablo y si por el contrario me sigue una persona más mayor se indignará ante mi casi depresión de los casi cuarenta y deseará tenerlos él una vez más. Vamos, que nadie me entenderá salvo que esté pasando por esta misma situación. El no saber si uno está en la franja de edad joven o en la de mayor. En esa edad en la que mirar atrás empieza a ser demasiado lejos y mirar hacia delante se presenta con cierto temor. Esa edad en la que sentimientos como el miedo a la muerte se hacen presentes en tu mente y la idea de hacer testamento “por si acaso” se te aparece de repente. Esa edad en la que los planes de futuro van siendo difusos y empezamos a pensar más en el presente.

Porque no se puede vivir de las rentas del pasado, por muy glorioso que este haya sido, como tampoco se debe esperar en el futuro. Hay que vivir el ahora, el momento, nuestro particular Carpe Diem, porque solo así exprimirás la vida como si fuese tu último día.

Aún así no puedo evitar reflexionar sobre mi propia historia y al hacer el balance de mi particular paso del Ecuador, una sonrisa se adueña de mi corazón: he sido feliz, muy feliz. He reído, he bailado, he disfrutado de mis mejores años llevando como compañeros de camino a una familia estupenda, magníficos amigos y experiencias inolvidables, lo cual provoca en mí cierta morriña que sin embargo me empeño en desterrar. Porque quiero convencerme de que aún quedan muchas cosas bellas que vivir, muchas sensaciones que experimentar, muchas sorpresas por descubrir. Pero esa es otra historia que hasta dentro de otros cuantos años no os contaré…



                                                                                              ANA GAMERO.

viernes, 27 de enero de 2012

LA BANDA SONORA DE NUESTRA VIDA


Todos tenemos una canción especial en nuestras vidas, una melodía que nos emociona y nos retrotrae a momentos felices, sonidos que nos devuelven a escenas vividas y que nos llegan con banda sonora incorporada. Porque cada uno de nosotros llevamos dentro esas notas que un día se quedaron grabadas en nuestro corazón y en nuestra mente y que cada vez que las oímos nos erizan la piel, nos provocan lágrimas o simplemente una sonrisa bobalicona.
Sería interesante conocer cuáles son esas canciones que han marcado nuestra vida. Las mías tienen un sello común: Hombres G, cuyas  canciones me han compañado a lo largo de los años, con las que he gozado, sentido, emocionado y que permanecen intactas en mi mente.
Tuve la ocasión de comprobarlo, cuando hace unos meses, mi marido me hizo un regalo: dos entradas para un concierto de Hombres G, ese grupo de los años 80 con el que entré en  la adolescencia, descubrí los primeros amores, compartí copas con amigas, lloré mis penas, bailé, soñé, reí, viví mis mejores años de juventud.
Yo tenía entonces 15 años y a pesar del tiempo transcurrido, cuando los vi salir al escenario 25 años después, un túnel del tiempo se apoderó de mí y me proyectó hacia el pasado. Entonces volví a tener de nuevo la edad de la niña bonita, rememoré los momentos de confidencias con su música como fondo, recordé la sensación de correr bajo la lluvia con el radiocassete al hombro y aquel concierto en Sanlúcar al que nos llevó mi padre en su Seat 124 cuando  aún cabíamos 7 y no era obligatorio el cinturón de seguridad.
 En aquella ocasión, los cuatro chicos de Hombres G eran unos veinteañeros de mirada pícara, desvergüenza a raudales mezclada con buenas dosis del  romanticismo exacerbado por la pubertad. Llevaban vaquero estrecho y calcetines blancos y eran los más guapos de la fiesta, sobre todo David y Rafa, los más aclamados. Yo llevaba – horror- el pelo rizado con permanente, unos kilos de más y ansias por descubrir el mundo a través de sus canciones, de sus voces, de sus posters, con lo que tenía forradas las paredes de mi habitación. Sufría en mis propias carnes el fenómeno fan, esa histeria colectiva que ataca con mayor virulencia a las quinceañeras y que se incorporó al mundo de la música y a la mitomanía en la década de los 50.
Más me medio siglo después, las niñas hacen acampada durante varias noches para poder ver en concierto a Justin Bieber. Es la misma historia repetida una y otra vez pero con protagonistas diferentes. Elvis Presley la inició, la continuaron Los Beatles y Los Rollings Stones,  Fórmula V, U2,  Madonna, Michael Jackson, Alejandro Sanz, Las Spice Girl, Hannah Montana, Patito Feo y todos aquellos referentes musicales de la juventud de antes, ahora y siempre.
En el concierto de Hombres G, con los artífices de la banda sonora de mi vida, pude comprobar que mis chicos ya tienen canas en sus cabelleras algo más despejadas y que sus rostros reflejan el paso de los años. Ellos habrán visto a una mujer madura, con mechas en el pelo que sin embargo saltaba como una chiquilla loca, coreaba sus canciones al pie de la letra y no sabía si reir o llorar ante un regalo tan especial. Porque durante algo más de dos horas hice un exhaustivo repaso de mi vida, una vida llena de canciones y marcada por la música de los Hombres G. Pero esta es mi historia, es mi banda sonora. Piensa, recuerda, rememora, haz un ejercicio de melodías y dime, ¿ Cuál es la tuya?.

                                                                                              ANA GAMERO.

martes, 24 de enero de 2012

TODOS A UNA

Las cosas se han puesto demasiado feas para muchos españolitos de a pie. La situación en nuestro país está adquiriendo tintes dramáticos y lo peor de todo es que somos nosotros, los ciudadanos, los que tendremos que asumir las consecuencias de la crisis y sobretodo, sufragarla.
Serán tiempos difíciles, de contención del gasto y de rascarse el bolsillo. Tiempos de ahorro y de recortes pero también tiempo de solidaridad, de camaradería y de arrimar el hombro para, entre todos, llevar este barco a buen puerto.
Repasando discursos de grandes hombres que ha dado la historia me he topado con la intervención de uno de los iconos de la política mundial. J.F.Kennedy. Durante el acto de juramento como trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, el 20 de enero de 1961, Keneddy trasladó a los ciudadanos un mensaje que, a mi entender, adquiere hoy más actualidad que nunca.
En su discurso inaugural habló de la necesidad de que los ciudadanos fueran más activos y pronunció una de las frases más famosas y lapidarias: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”. Y ahora que las cosas van mal, creo que todos deberíamos reflexionar sobre qué podemos hacer cada uno de nosotros para mejorar la situación.
También solicitó Kennedy a las demás naciones del mundo que lucharan en conjunto contra lo que él llamo el “enemigo común del hombre: la tiranía, la pobreza, las enfermedades y la guerra misma”. Yo añadiría la crisis y el mensaje sería completa y absolutamente actual a pesar de haber sido leído hace 51 años.
Ha pasado más de medio siglo y las necesidades del hombre siguen siendo las mismas, las más vitales y esenciales y sin las cuales el resto de comodidades son sólo eso, simples adornos.
Es hora de dejar de quejarnos y de empezar a hacer algo en vez de esperar a que nos lo den todo hecho. Es momento de dejar de lamentarnos y de ver la paja en el ojo ajeno, es hora de dejar criticar y ponernos manos a la obra para, en la medida de nuestras posibilidades, contribuir a levantar este país. Ha llegado la hora de remangarnos, mirar en la misma dirección y empujar este carro que se llama España y que es de todos.
Porque aunque todos tengamos nuestros derechos, también tenemos nuestras obligaciones. No podemos esperar de brazos cruzados a que escampe y mientras pretender que papá Estado nos solucione la papeleta. Bien es cierto que debe estar ahí para atendernos cual hijo en apuros pero también es verdad que hemos de responder a sus cuidados con responsabilidad, trabajo y visión global.
Se acabó eso de cobrar el paro y hacer chapús a deshoras o utilizar las recetas del abuelo para ahorrarnos la farmacia o fingir una discapacidad desmedida para cobrar las ayudas de la Ley de la Dependencia. Porque aunque seamos un país donde reina la picaresca, tal y como demostrara Cervantes y quede magistralmente demostrado en `El Lazarillo de Tormes´, al final los excesos los pagamos todos y no engañamos a papá Estado, nos engañamos a nosotros mismos.
Si todos remamos en la misma dirección, lograremos salir adelante, juntos. Y si Kennedy levantara la cabeza nos diría: Adelante, podéis hacerlo, porque sois un gran país, con gente valiente, con iniciativa, con imaginación y coraje. Gente preparada, con capacidad de superación, ilusión y fe en un futuro mejor.

                                                                       ANA GAMERO.






viernes, 13 de enero de 2012

CIUDADANOS DEL MUNDO

¿ De dónde eres, de donde naces o de donde paces?. Utilizo este viejo dicho que solía usar mi abuelo y le doy forma de pregunta para plantear una vieja cuestión muchas veces abordada al amparo de un vinito frente a la barra de un bar. El interrogante no es baladí y encierra en sí mismo una paradoja. Porque si la experiencia vivida y el acogimiento de las gentes de otras tierras logran hacer plenamente feliz a una persona “forastera” no es menos cierto que uno no olvida sus raíces, aunque nunca haya vivido en el lugar donde dicen que nació.
            Pienso así en los millones de emigrantes que un día, de forma voluntaria o imperativa, salieron de sus casas para emprender un viaje con un futuro incierto y en ocasiones sin retorno.

Se empeñaron en forjarse un futuro para ellos y para sus familias. Trabajaron duro, se amoldaron a la sociedad que los había recibido, aprendieron sus costumbres, sus tradiciones y en muchos casos su idioma y se integraron hasta casi convertirse en uno de ellos. Pero ese “casi” siempre estuvo ahí, para recordarles quienes eran y de dónde venían y para transmitir a sus vástagos su morriña por aquella tierra perdida, ahora idealizada en ensoñaciones nocturnas y veladas taciturnas. Muchos nunca pudieron volver pero dejaron su herencia en forma de semilla a sus descendientes.

Ellos, nacidos ya en otro lugar, tienen el recuerdo del pueblo a través de las historias que contaba su padre o su abuelo. Sólo tienen referencias de aquel lugar de juegos infantiles y adolescentes de sus mayores. Quizá lo han visitado alguna vez en plan turista y con una mirada condescendiente que a cada pisada por sus calles y plazas se va convirtiendo en un apego inexplicable a una tierra que no es la suya ¿o sí? .

Porque  la semilla que un día plantó su antecesor ha germinado de una forma apenas perceptible y esas raíces tan fuertes tienen ya ramificaciones que no se pueden arrancar del alma. Ahora comparten amores, el de su tierra natal y el de aquella cuya sangre llevan.

Muchos saben por experiencia propia que cuando se dan estos casos, difícilmente se es de algún lugar o de ninguno. Allí eres “de fuera” a pesar del paso de los años y aquí eres el “forastero” cuyo antepasado era lugareño.

Allí las comidas que hace tu madre no se asemejan a las de la madre de tu amigo, los vecinos no conocen los dichos y palabras que utiliza tu padre y tu acento tampoco coincide exactamente con el de tus compañeros de clase, que inciden en tu tonillo. Aquí, tu forma de hablar también es distinta, tus costumbres, otras. Hasta la forma de vestirte o de peinarte es muchas veces distinta y llamativa a los ojos de los más viejos del lugar.

El único modo de actuar ante esta forma de “no encajar” en ninguna parte es convertirte en ciudadano del mundo, amar la tierra que te ha visto nacer y aquella en la que un día vivieron tus padres y abuelos. Ser español y alemán, gallego y argentino, vasco y extremeño, andaluz y catalán. Aunar tradiciones, costumbres y culturas. Y es que el mestizaje siempre da resultados positivos porque mejora la especie, la del ser humano, que nazca donde nazca o viva donde viva siempre compartirá el amor por su tierra y el respeto a la memoria de sus antepasados.



                                                                                              ANA GAMERO.