sábado, 7 de abril de 2012

PASAJE A LA INDIA

Sabía que me gustaría porque siempre he querido ir. Algo en mi interior me decía que tenía que conocer la India, un país muy lejano del que nada sabía y que sin embargo, me moría por visitar. Hasta que un día, al fin, sin preverlo, surgió mi oportunidad.

Subí al avión como un niño el día de Reyes Magos. No podía borrar la sonrisa de mi rostro y el estómago me bailaba. De hecho, durante el día entero de viaje no dejaron de moverse las mariposas en mi interior. Hasta que al fin llegué…

Era una mañana clara aunque la bruma de la polución de Delhi se dejaba notar. Pero no me importó. La ventana del autobús que nos habría de llevar al Hotel fue para mí el primer escaparate de una ciudad que con 21 millones de habitantes se me presentaba como mágica y llena de vida.

Y no me equivoqué. Porque esa urbe que amanecía con el día prometía mostrarme otro mundo, otra forma de entender la vida, otro concepto de la civilización.

Así, tras recibir nuestro collar de flores naturales junto con el Bindi, el punto rojo hindú que te colocan en la frente y el siempre amable “Namaste”, que suelen utilizar los hindúes para saludar y agradecer, me sumergí en un país asiático que me cautivó a simple vista y me hizo plantearme mi vida, colmada de stress, necesidades materiales y valores olvidados.




Al recorrer a pie las calles de Delhi pude codearme con la pobreza y con niños sucios y harapientos, aunque cuando mis ojos se paraban en ellos, solo veía una mirada clara y una sonrisa limpia. Pude viajar en el tiempo y ser testigo de tratos en la calle, comercio artesanal, restaurantes ambulantes, barberos apostados a pie de acera, gurús meditando sobre un árbol… Todo era magistralmente onírico y yo no podía dejar de soñar despierta.

Me divertí viendo a grupos de 15 niños amontonados en el transporte escolar, un rick-shaw en el que el motor eran las piernas de un hombre pedaleando, el techo una lona descolorida y agujereada y las manitas agarradas a la barra servían de cinturón de seguridad. Todos ellos reían con esos dientes blanquísimos y nos miraban curiosos y divertidos, atentos a nuestras cámaras de fotos.

Solo una cosa les hacía iguales a los niños occidentales: la inocencia. Esa inocencia que les hace únicos en cualquier parte del mundo. Incluso en el centro de la Misión de la  Madre Teresa de Calcuta que pude visitar en Agra sigue brillando esa luz que tiene toda mirada infantil, ajena a la pobreza, a la necesidad, a las dificultades de una sociedad marcada por las castas. Sólo entienden de sonrisas, de canciones, de caramelos y de amor, de abrazos y caricias que dejaron en mi alma una huella imborrable.

Mis primeras impresiones sobre la esencia de aquel país lejano quedaron constatadas a cada paso que daba por aquellas calles caóticas, sucias y masificadas, pobladas de monos que danzaban por entre los miles de cables que cruzaban las casas. Una ciudad en la que el aroma a especies lo inundaba todo, el ruido de los cláxones de los vehículos era la banda sonora y el bolliwood el sueño hindú.

Y todo ello contrastaba con la calma que se respira en sus templos, ya sean hindúes, sij o musulmanes.  Con La majestuosidad de sus palacios. Con la magnificencia del fuerte rojo de Agra. Con el silencio de la ciudad abandonada de Sikri. Con la incomparable arquitectura del fuerte Amber, en Jaipur. Con La belleza que reina en sus verdes campos, plagados de trigo y mostaza. Con La sobriedad de sus monumentos funerarios, llamados Cenotafios, erigidos en honor de los Maharajás y sobre todo, con la grandiosidad del Taj Majal, la fiel representación del amor hecho monumento.

Esa belleza sin igual va intrínsecamente unida al ambiente, a los aromas a sándalo, albahaca – planta sagrada para los hindúes- y las especias, a los camellos y elefantes que recorren las carreteras cercanas a Jaipur, a las vacas sagradas que pacen tranquilas por las calles de Mathura, en el margen del río Yamuna, al simpar colorido de los saris de las mujeres, a las maravillosas puestas de sol que pude ver en el Rajasthán, que significa Tierra de Reyes…

Y me enamoré perdidamente. La India conquistó mi corazón y supe que si creyera en la reencarnación, mi próxima vida querría vivirla allí, con sus gentes, con su filosofía del buen Karma, con su modo de entender la vida y que ellos te resumen en un “Vive y deja vivir”.


Una sociedad cuya razón de ser es el respeto a las tradiciones milenarias, a los valores de la familia, a la obediencia y cuidado de los padres y abuelos, el amor entendido en su expresión más espiritual sin dejar de lado el Kama Sutra y la muerte vista como una búsqueda del Nirvana.

 Y todo, bajo los dictados de una religión, el hinduismo, que envuelve a toda una sociedad marcada por los Dioses y sus aventuras, que son narradas, generación tras generación, desde el inicio de los tiempos y que aunque no lo parezca, tienen muchísimas similitudes con nuestra historia sagrada. Ellos hablan de Brahma, el Dios creador,  Krisna, Shiva, Bishnú, Ganesha, Sarasati y con ellos miles de dioses encargados de velar por el día a día de sus siervos. Nosotros hablamos de Dios padre, Jesús y los apóstoles. No importa cómo se llamen si todos predican el bien, la verdad, la caridad y el amor…

Pero a diferencia de nosotros, los hindúes han seguido los preceptos de su religión, haciendo de ella casi la norma fundamental del estado. Así, han seguido manteniendo sus tradiciones, guardando sus costumbres, respetando su cultura mientras que nosotros andamos perdidos en la civilización, imbuidos por el desarrollo, acelerados con el stress y obsesionados con el tener en vez de con el ser.

Y todo eso condiciona a una sociedad hasta convertirla en el pueblo tranquilo que es el hindú o la vorágine en la que nos hemos convertido nosotros.

Entonces empecé a pensar: ¿ Quiénes son más felices, los hindúes, que aparentemente no tienen nada, o nosotros, que disfrutamos de todo lo material olvidando lo verdaderamente importante?.

Por eso he decidido que si bien no puedo cambiar este loco mundo nuestro sí puedo cambiar mi vida. Quiero apuntarme a clases de Yoga, para buscarme a mí misma dentro, que no fuera. Me he autoimpuesto no correr más de lo necesario y dejar jugar a mis hijos en el suelo sin miedo a que se ensucien. He pensado en ser más feliz con menos. Y he puesto una hucha. En ella, euro a euro, iré metiendo ilusiones, esperanzas y sueños, que tomarán sentido en forma de un nuevo Pasaje a la India.



                                                          








jueves, 29 de marzo de 2012

LA HUELGA DEL MIEDO

El día amanece nublado y el tiempo suave pero en el ambiente se percibe algo inusual: silencio. En hora punta no se escucha el motor de los coches, los semáforos permanecen solitarios y las calles aparecen vacías. Pero yo estoy decidida a hacer hoy mi vida normal. Arreglo a mis hijos y los llevo al colegio e inmediatamente después me dirijo a mi trabajo, porque yo soy de esas afortunadas que lo tienen y en esta jornada de huelga general, quiero ejercer mi derecho, mi derecho a acudir al trabajo, que debería ser igual de importante y respetado que el derecho a secundar el paro.

Ay el paro, pero del otro, saben mucho los más de cinco millones de personas que están sin empleo en nuestro país. Esos no podrán ni siquiera ir a la huelga porque ni esa oportunidad tienen. Pero de esos no se han acordado hoy, ni desde hace mucho tiempo, los sindicatos. Esos que se dicen defensores de los trabajadores, de los suyos, han movilizado a todos sus delegados para “informar”, como si todavía hoy los ciudadanos no fuéramos lo suficientemente capaces de obtener datos a través de la tv, prensa y radio, ni que decir de internet.

Pero bueno, pase lo de “informar”. Lo que no se puede consentir es que en pleno siglo XXI las libertades de este país sólo existan para unos pocos. Porque si el derecho a la huelga es un logro alcanzado gracias a la presión y el trabajo desarrollado por las organizaciones sindicales en una época muy difícil para España quiero recordar, por si alguno se ha olvidado o simplemente no se lo ha leído, que en la Constitución de 1978 se recoge específicamente el derecho al trabajo, véase el artículo 35.1. 

El respeto es la base de cualquier sociedad civilizada. Y en esta huelga general convocada por UGT y CCOO no ha habido, en muchos casos, ni libertad ni respeto y eso, viniendo de unas organizaciones sindicales con tanta solera, con tanta historia, con tantos logros alcanzados en pro de los trabajadores es simplemente injustificable.

Los piquetes “informativos”  han recorrido las calles de las principales ciudades “invitando” a aquellos que hoy han decidido trabajar a que secunden la huelga y en su caso, cierren sus establecimientos.. Ha sido el día a día de esta jornada de huelga, en la que los más no han acudido a su trabajo por miedo a represalias. ¿O es que los que han querido asistir a sus puestos de trabajo no son trabajadores?  ¿O es que los autónomos que quieren abrir sus establecimientos tampoco son currantes?  ¿No se merecen respeto?.

Calles vacías, comercios cerrados, silicona en las mochilas de los sindicalistas y piquetes controlando la situación y utilizando gritos en vez de argumentos, crispación en lugar de diálogo, insultos en vez de comprensión. Miedo en el ambiente.

Y ahora dirán que la huelga ha sido un éxito y que ha registrado un alto índice de participación, unas estadísticas que se basan en el temor, en el miedo, en el ánimo de no tener problemas con los de los sindicatos.

Queda claro que los sindicatos no son, ni de lejos, aquellos que fueron. Y lo digo porque si bien antes los dirigentes obreros de UGT y CCOO eran “currantes” de verdad ahora los que llevan el cotarro son otros, aquellos que en mítines y apariciones públicas aparecen con un look obrero  pero que en el back stage tienen gustos de “señoritos”, con cruceros de lujo y restaurantes de postín, unas aficiones que seguro no se pueden permitir los cinco millones trescientos mil parados de este país ni tampoco los mileuristas que trabajamos.

Esa es la nueva clase político-sindical que tenemos en la actualidad en CCOO y UGT y esos, perdónenme, no me representan a mí, sencillamente porque no me siento representada por ellos.

Quizá habría ido hoy a la huelga si en su día hubieran denunciado las mentiras de los brotes verdes. Pero claro, entonces Gobierno y sindicatos estaban de luna de miel, subvención va, subvención viene y era de muy mal gusto morder la mano que te da de comer.

Ahora, que ya le hemos visto al lobo no sólo las orejas sino hasta los dientes y el rabo, vienen estos señores de los sindicatos y nos invitan- o nos recomiendan vivamente- ir a la huelga, no importa el sueldo del día sin cobrar, sobretodo porque ellos sí cobrarán esta jornada como horas sindicales. Ja.

Creo sinceramente que a estos señores se les ha visto el plumero, que deben variar su estrategia y adoptar otras medidas de protesta que no sean del siglo pasado, fundamentalmente porque en épocas de crisis lo que menos necesita un país es un parón traducido en miles de millones en pérdidas. Podrían haber ideado una huelga a la japonesa, digo yo, por aquello de ayudar entre todos a sacar España hacia delante.

Este país es de todos, porque así lo decidimos cuando votamos la Constitución y en este país no cabe el “o conmigo o contra mí”. Todos somos ciudadanos, todos somos trabajadores y todos tenemos derecho a elegir si ejercer nuestro derecho a la huelga o bien decantarnos por nuestro derecho al trabajo. Y todo ello, con el respeto hacia la otra parte, aunque claro, esto, en  tiempos que corren, parece ser una utopía.



                                                                                                                                                                                                                                                     

miércoles, 28 de marzo de 2012

LIBERTAD SIN IRA


¿Tú vas a ir a trabajar mañana?.- Esa es la pregunta que unos y otros nos hacemos estos días y en mi caso, a cada cuestión planteada he encontrado la misma respuesta: “ No sé. Yo quiero ir pero tengo miedo…”. Tal cual. Y no una ni dos personas, sino la práctica totalidad de aquellos con los que he hablado me han expresado sus temores a ejercer un derecho que les es propio y nos pertenece a todos: el derecho al trabajo.
La libertad nos concede la opción de elegir entre secundar la huelga – decisión respetable al 100%- o abrir las puertas de los establecimientos y realizar nuestra jornada laboral con normalidad. Eso, al menos en la teoría, tal y como aparece reflejado en la Constitución española, aunque por desgracia, en la práctica las cosas no son como parecen.
El miedo es una sensación que afortunadamente los de nuestra generación no hemos conocido por la época en la que hemos nacido. Sin embargo, ahí están nuestros padres , más duchos y experimentados en estos temas, para aconsejarnos que no vayamos a trabajar, que las cosas se pueden poner feas, que hay insultos y amenazas, cerraduras con silicona… que es mejor quedarse en casa, aunque uno no quiera, para evitar problemas.
Y yo me niego, porque yo he vivido toda mi vida en democracia y no entiendo otra cosa que no sea el respeto a las ideas de cada cual, la libertad individual de cada sujeto y el derecho que uno tiene a elegir. No es culpa mía. Es lo que me han enseñado. “En eso consiste la democracia”, me dicen. Por lo tanto, no entiendo otra manera de actuar que no sea conforme a la Constitución española y no concibo que nadie presione, amenace, coaccione o coarte a otro sencillamente porque no piense como él o no quiera hacer lo que él dice. Porque eso no es democracia. Eso es una dictadura.
Hay una frase que me encanta: “Tu libertad termina donde empieza la mía”. Porque de nada sirve que tú impongas tu modo de actuar si así me estás impidiendo actuar a mí libremente. Creo que lo más bonito del mundo es poder elegir con libertad y con respeto, unos valores muy ensalzados en nuestra sociedad pero por desgracia muy poco practicados.
Cada cual tiene sus razones para ir a la huelga o para acudir a trabajar y todas son legítimas y perfectamente comprensibles. Al menos, así debería ser. Por eso mañana debería ser un día tranquilo en el que la sociedad demostrara su madurez ejerciendo sus derechos sin avasallar los derechos del otro. Porque entonces habremos perdido la esencia de los valores democráticos por los que tanto hemos luchado.
Quiero que mis hijos crezcan con la tranquilidad de saber que son libres y que pueden tomar sus propias decisiones, sin temores, sin miedos a decir lo que piensan y a actuar según su criterio sin coartar los derechos de los demás. Quiero que asuman que la libertad, sin respeto, no es libertad.
Yo mañana quiero ir a trabajar. Yo mañana iré a trabajar porque así lo he decidido libremente y espero tener una jornada laboral tranquila, sin sobresaltos, sin temores, sin miedos. Porque un pueblo con miedo es un pueblo perdido y abocado al sometimiento. Y yo no he nacido para ser sometida.

viernes, 23 de marzo de 2012

ADIOS, MI ESPAÑA QUERIDA



Una vieja y solitaria maleta descansa cubierta de polvo en algún altillo o soportando los envites de la humedad en un lóbrego sótano. Tendrían que haberla tirado hace ya tiempo pero sus dueños se resisten a hacerlo. Son tantos los recuerdos que guarda en su seno, tantas las lágrimas que cayeron sobre ella en el viaje, tantos los suspiros de morriña que inhaló y que se han quedado impregnados en sus paredes…
La porteadora de sueños, esperanzas e ilusiones en un futuro mejor duerme en un paisaje diferente al que la vio nacer. Ha aprendido el idioma, se ha empapado de las costumbres del país en el que recaló allá por los años 60 y ha echado raíces en esa lejana tierra, tantas, que ya le es imposible volver y dejar a hijos y nietos atrás.
Muchos fueron los españoles que hace 50 años decidieron probar suerte en el extranjero y marcharse a trabajar a países como Alemania, Bélgica, Suiza e incluso cruzar el charco y abarcar hasta México o Estados Unidos. Todos ellos perseguían el sueño de la prosperidad, empujados por circunstancias difíciles, una economía precaria y el anhelo de la tierra prometida.
Aquellos desoladores años en los que muchas familias se resquebrajaron por la distancia y el olvido y los pañuelos blancos ondeaban en las estaciones de tren empapados en lágrimas de ausencia y dejando miles de pueblos huérfanos de juventud, esos desoladores años que creíamos olvidados nos son devueltos por la historia como un boomerang que pensábamos perdido y que regresa para colocarse en el mismo punto de partida.
Ahora son los jóvenes del siglo XXI los que emigran. Ya no llevan desvencijadas maletas aunque en sus macutos y mochilas llevan las mismas ilusiones que sus padres y abuelos. No van como los Pepes de la película de Alfredo Landa sino que llevan bajo el brazo titulaciones de Ingenieros, arquitectos, informáticos y expertos en Telecomunicaciones. No tendrán que expresarse por gestos hasta que aprendan el idioma porque es una asignatura que ya dominan y ocuparán cargos cualificados que nada tienen que ver con los de operarios en fábricas masificadas.
Alemania precisa entre 500.000 y 800.000 profesionales que hemos educado en España y que ahora se ven obligados a emigrar para poder tener un puesto de trabajo. Sus carreras, sus máster, sus doctorados, sus idiomas no les han servido de nada. En un país como el nuestro, donde la tasa de paro extiende su negro manto para ensombrecer la vida de 4.599.829 parados, no hay sitio para los jóvenes. Actualmente, España tiene el 26,87% de paro juvenil, un auténtico drama que ha llevado a muchos a plantearse lo que nunca antes habían pensado: dejar su casa, su familia, sus amigos y empezar una nueva vida, lejos.
No es baladí decir que el número de emigrantes crece día a día y que las últimas cifras hablan de un 25,6% de emigrantes censados en el extranjero. Y las administraciones, presionadas por la imparable sangría del paro, alientan este éxodo provocado por la recesión.
Ahora las cartas se han sustituido por e-mails y las redes sociales favorecen la comunicación diaria con los seres queridos. El Skipe atrapa la imagen en vivo de los rostros más queridos a través de videoconferencia y el Víber ayuda a estar en contacto telefónico permanente gracias al Smartphone vía internet.
Aún así, las lágrimas de despedida siguen siendo las mismas, los sentimientos encontrados, también. El anhelo de la terruña permanece omnipresente en los corazones y la avidez por oler, comer y sentir como en casa se convierte en un precio demasiado duro a pagar.
Nuestros jóvenes se vuelven a marchar y nosotros, con miradas impotentes y doloridas asistimos a la repetición de la historia con la esperanza de que los tiempos cambien, las cosas mejoren y nuestro país pueda darle su sitio a esta generación de jóvenes sobradamente preparados que han apostado por la formación y la especialización y que ahora ven como única salida el otro lado de nuestras fronteras.
Un país sin jóvenes es un país sin futuro y sin futuro no hay esperanza. Por eso hoy me siento Indignada e Impotente u también Irritada ante la pasividad de nuestros Gobiernos, que asisten Indolentes a la marcha masiva de nuestro mayor tesoro y nuestra mejor Inversión. Ver para creer.


miércoles, 22 de febrero de 2012

LA FIESTA DE LA LIBERTAD





Don Carnal llega un año más a nuestras vidas para dibujar una sonrisa de felicidad en nuestros rostros abigarrados por la rutina diaria, el aburrimiento y los problemas, que este año nos vienen al cuadrado gracias a la crisis.
Este indómito caballero que siempre nos visita por febrero desde hace miles de años arremete contra lo establecido y lo políticamente correcto para dar un poco de salsa a nuestra vida y de paso liberarnos durante unos días de las mordazas impuestas o autoimpuestas, según sea el caso.
            Y es que aunque pensemos que el carnaval es para niños y para que las mamás gocemos disfrazando a nuestros retoños de aquello que según alguna teoría del psicoanálisis, hubiéramos querido Ser, esta fiesta pagana en su origen es mucho más de lo que en realidad parece.
            Durante los días que duran estos festejos más o menos celebrados en todos los lugares y tan castigados durante la dictadura franquista, la alegría inunda las calles de los pueblos y ciudades, los confetis, guirnaldas y serpentinas dan un tono multicolor al gris asfalto, los personajes de nuestros cuentos y de nuestros sueños y/o pesadillas salen de nuestra imaginación para hacerse reales y el `buen rollo´, tan necesario en estos tiempos, se hace el dueño de nuestras almas.
Además, el carnaval te da licencia para expresarte con libertad a través de las coplas que repletas de sarcasmo e ironía arremeten contra los poderes fácticos, narran cual juglar la situación social del momento y se ríen de lo cotidiano. De ahí la importancia de que exista el carnaval porque es un soplo de aire fresco frente a la constreñida Doña Cuaresma, tan rígida y tan recatada ella.
Esa libertad que todos ganamos con la Constitución de Cádiz en 1812 y que durante décadas estuvo coartada, queda refrendada cada carnaval porque es en estos días cuando el derecho que siempre tenemos a expresarnos queda patente y nos recuerda que esa libertad que prodiga Don Carnal es algo que nos hemos ganado a pulso, algo que debemos defender frente a los intentos de censura que arrecian cuando hay a quien no le gusta lo que se canta a ritmo de tres por cuatro.
Coros, comparsas y chirigotas pregonan al son de la caja y el bombo las vicisitudes de la vida diaria, las injusticias sociales y los despropósitos del político de turno aunque todo ello va aliñado con el toque de humor que da singularidad al carnaval y sin el cual éste no se entiende.
Así, cuando en estos carnavales salgamos a la calle a disfrutar de la fiesta, la música y el baile de máscaras, también saldremos a reivindicar nuestra libertad de expresión y nuestro derecho a ejercerla. Saldremos a decir a los poderes fácticos que nosotros, el pueblo, tenemos voz y voto.
Quizá haya quién no comulgue con las ideas de Don Carnal, no entienda la grandeza de la Democracia y el respeto por las opiniones de los demás aunque para esos siempre quedará Doña Cuaresma.



                                                                                              ANA GAMERO.

viernes, 10 de febrero de 2012

EL CUENTO DE CUANDO EL PRINCIPE O LA PRINCESA SALIERON RANAS



 Los cuentos de hadas siempre nos narran las historias de amor en clave de “princesa” en apuros salvada por apuesto “príncipe azul”.

Cierto es que las historias van cambiando y acomodándose a los nuevos tiempos, aunque la esencia sigue siendo la misma, los estereotipos continúan manteniéndose y aquel que no se ajusta a los personajes establecidos queda fuera del marco de fotos de lo políticamente correcto.

Y es que hay niños y niñas que desde su más tierna infancia sienten cambiados los papeles. Pequeños principitos a los que les gustaría ser princesas; Princesitas a las que sus mamás miran con cara de preocupación por que no son las “señoritas” que ellas quisieran que fueran.

Y cuando abandonan el maravilloso mundo infantil y se adentran en la adolescencia, un torbellino de sentimientos encontrados se manifiesta, una lucha interior se desata en sus corazones y en sus cuerpos porque sienten diferente a los chicos y chicas que les rodean y desean estar secretamente con ese amigo o amiga especial con el que les gustaría llegar a más.

            Afortunadamente de unos años a esta parte, y en buena medida gracias a los medios de comunicación y a personajes como el político Pedro Zerolo, el juez  Grande- Marlaska, el cineasta Pedro Almodóvar, la actriz norteamericana Ellen Degeneres o el presentador televisivo, Jesús Vázquez, entre otros muchos, ahora ser gay o lesbiana está perfectamente aceptado en la forma – aún no sé si en el fondo-, si bien el camino que estos chicos y chicas han de seguir hasta aceptar, hasta aceptarse como homosexuales, es ciertamente difícil y tortuoso.

            Tengo muchos amigos gays y todos ellos coinciden en señalar que hasta aceptar su condición lo pasaron mal si bien una vez reconocida su homosexualidad, la felicidad se instaló en sus vidas ya que aprendieron a quererse tal y como son, personas con sus virtudes y sus defectos que aman, sufren y lloran y que sólo quieren vivir como uno más dentro de nuestra sociedad.

            Hoy día el colectivo homosexual es de los más demandados por empresas automovilísticas, cadenas hoteleras, el mundo de la moda y el sector restaurador porque supone un foco inversor enormemente importante dentro de nuestra economía ya que estas parejas no sufren las cargas propias de una familia que se diga “normal”. Así, dado su poder adquisitivo, se pueden permitir el lujo de comprar un coche biplaza, un loft o un conjunto de Dolce & Gabanna y también pueden disfrutar al completo de sus vacaciones en cualquier crucero o punto lejano del planeta sin tener que mirar el calendario escolar.

            Hay veces en las que incluso me dan envidia por la libertad que , aunque claro, eso es ahora, porque no hace mucho tiempo se les perseguía, torturaba y asesinaba simplemente por su condición sexual.

Genios como Lorca y otros tantos personajes anónimos murieron sólo por ser gays en un mundo en el que los roles estaban perfectamente definidos: los hombres tenían que ser muy machos y las mujeres unas señoritas.

Se olvidaron de que hubo una era de esplendor para la cultura, la ciencia y la filosofía en la que los hombres de la civilización griega sólo amaban la belleza sin tener en cuenta bajo que cuerpo se presentara, como también se olvidaron de las alegorías egipcias sobre la homosexualidad o de las alusiones de los poetas romanos Virgilio y Horario sobre el deseo entre personas del mismo sexo. O quizá también obviaron la condición homosexual de figuras renacentistas como Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel, entre otros artífices del desarrollo científico y artístico de nuestro mundo.

Y digo esto para demostrar que en esta vida todo depende del color con el que se mire y de la época histórica de la que hablemos, de las normas que se establezcan, de los prejuicios que se instauren, de la influencia de la religión imperante y de otros tantos factores que nada tienen que ver con la individualidad de la persona.

Por eso doy gracias por vivir en estos tiempos de tolerancia y libertad en los que nadie mande sobre los sentimientos de nadie ni sobre la cama de nadie y estoy muy orgullosa de tener amigos gays y lesbianas que han sabido saltar las barreras de los prejuicios y reclamar su propia identidad como personas.

lunes, 6 de febrero de 2012

LA MARIPOSA ROSA




Todo cuento que se precie debe empezar por el clásico Erase una vez, así que para comenzar con buen pié, asumiremos como propio el Erase una vez…

Mi historia es la historia de una mariposa. Nació, como todas, de un huevo y tras pasar por su etapa de oruga en el pequeño mundo que la protegía, experimentó una gran metamorfosis y se transformó en crisálida en la que ya como adulta despuntó por su belleza, gracia y elegancia. Vivía en un bosque mágico en el que el sol se colaba por las rendijas de los árboles y las flores multicolores  extendían su manto por doquier.

La mariposa, que se llamaba Rosa, volaba y volaba libando el néctar de las flores, rodeada de calor y comodidad. Coexistía acariciada por las ramas, protegida por las rocas, refrescada por el  arroyo que circundaba su hábitat.

Así transcurría una vida apacible y programada hasta que un día la mariposa Rosa miró más allá. Levantó las antenas y quiso elevarse para ver el mundo. Y voló. Y ascendió hasta alcanzar las copas de los árboles y entonces lo vio. Un horizonte inmenso por explorar, hermoso y cargado de misterios.

Y la mariposa Rosa decidió que quería ver el mundo, conocer a otras mariposas, posarse en otras flores, beber de otras fuentes. Voló y voló y voló y aprendió muchas cosas durante su largo viaje y cuando estuvo colmada de experiencias, inició el regreso al hogar, de nuevo al amparo de su comunidad.

Narró a sus compañeras lepidópteras las mil y una experiencias vividas y se dispuso a ser una buena mariposa, una mariposa que fuera lo que se esperaba de ella. Y es que según lo establecido por su sociedad, al crecer una mariposa debe dejar de volar sin ton ni son, debe fijar su rumbo y seguir el objetivo de poner huevos y formar nuevas larvas.

Fue tanto el empeño que puso en esta tarea la mariposa Rosa, que incluso se olvidó de soñar, guardó sus deseos en un cofre con forma de nuez, puso a hibernar sus sentimientos y se olvidó de  sí misma, de cuidar sus alas, de avivar los colores a fuerza de retos e ilusión. Se dio a los demás y su vuelo se volvió lánguido y rasante, sin aspavientos, alejado de cualquier pirueta y desprovisto ya del entusiasmo que tanto la caracterizó.

Pero un buen día, algo la despertó de su maduro letargo. Un viento huracanado se levantó en su interior,  su sueño se agitó y entonces un arco iris de color inundó su corazón. Era ella, Rosa, la mariposa. Siempre había estado allí y redescubrió que bajo la apariencia que se había pegado como una segunda piel en su abdomen con el paso de los años, seguía latente esa pequeña rebelde que tanta curiosidad tenía por la vida y que con tanto énfasis abordaba cada nueva experiencia y aventura.

Las alas volvieron entonces a recobrar su brillo y aquellos colores crisálidos con los que la naturaleza la doto y retomo los vuelos de reconocimiento. Subía a las alturas para después iniciar el descenso en picado a sabiendas de que esa sensación indescriptible en la que se cruza el miedo con la pasión y la adrenalina dura solo unos segundos. Sin embargo, algo en su interior se removía desvelándole el sentido de su efímera  vida.

Porque tal y como aprendió la mariposa Rosa, no se puede hacer feliz a los demás si uno no es feliz antes. Y solo lo conseguiremos si cada uno de nosotros miramos en nuestro interior, desciframos nuestro destino y buscamos la manera de hacer realidad nuestros sueños.