lunes, 27 de mayo de 2013

MI PLUMA


La comunicación es algo esencial en la vida del  ser humano, es su forma de conectar con el mundo que le rodea y socializar. Desde los primeros gorjeos, sonrisas y ajos buscamos la conexión con los demás y tratamos de expresar nuestros sentimientos, necesidades y estados de ánimo.

Esa comunicación va evolucionando a medida que crecemos, al igual que los soportes y medios para lograrlo. Porque la necesidad de comunicarnos es infinita e ilimitada durante toda nuestra vida y una herramienta fundamental para la auto-realización personal.

Hay quien encuentra el camino para plasmar su “yo” perfeccionando la comunicación no verbal  a través de la pintura, la escultura, la arquitectura, la alfarería, la fotografía o las manualidades. 

Y hay quien refleja su ser con expresiones tan efímeras y a la vez tan gozosas como la gastronomía y también existen aquellos, que como yo, escupimos en alma a través de la escritura.

No me alcanza la memoria para recordar ese afán mío, más bien la necesidad, de plasmar en una hoja de papel mi esencia.

Primero fueron las poesías, desvencijadas y pueriles sobre un cuaderno azul que adorné con colores. Más tarde llegaron las hojas de papel sueltas y atropelladas como mi adolescencia, en la que cualquier momento era bueno y necesario para dar rienda suelta a la tormenta interior que en mí reinaba.

Diarios secretos, blocs, agendas, incluso las esquinas de los libros que leía en el momento de sentir la urgencia de explotar en letras. Cualquier soporte era apropiado para sacar las palabras que se agolpaban en mi alma.

Y claro, no pude ser otra cosa que Periodista. Lo fui con vocación y por convicción. Y porque no podía, no quería ser nada más que Periodista.

Con mi máquina de escribir a cuestas inicié mis primeras incursiones profesionales en el mundo editorial. Y aquellas teclas… aquellas teclas parecían cobrar vida frente a mí. Y al ritmo del sonido del carrillo llenaban de letras esa hoja de papel vacía y solitaria que ahora, cual mariposa salida de un gusano de seda, era parte de mi ser.

Los tachones y el típex se acabaron con el ordenador, aunque aún guardo con veneración mi primera máquina de escribir. Sigo el mismo método. Abro la página en blanco y la miro. Y entonces, todo fluye. Todo sale. Todo toma forma.

Yo no necesito yoga, ni spas, ni acupuntura. Yo solo preciso escribir. Escribir y liberarme de la carga de sensaciones que inundan mi interior y que cual médico en el siglo de Oro, necesito sangrar y dejar brotar para poder equilibrar mi cuerpo y mi mente.

Es la mejor terapia para buscar en lo más recóndito de mi corazón. Porque escribir es para mí más fácil que hablar y es mi única forma de comunicarme con los demás. Si quieres conocerme, léeme porque  las palabras que salen de mi pluma son genuinamente yo.

Escribo lo que pienso, escribo lo que siento, escribo lo que sueño. Y soy feliz. Porque he encontrado el canal por el que encauzar mi espíritu arrebatado y mis ansias de decir aquellas cosas que no salen de mi garganta.

Quienes me conocen y me quieren me animan a ir más allá. A avanzar en el camino y traspasar las fronteras del artículo sin más para adentrarme en el mundo de la literatura con mayúsculas.

No sé si ese momento ha de llegar, pero como todo en mí, será en el momento menos esperado, el instante en el que ante una hoja blanca comience a brotar una historia del que no aún no sé el argumento ni el final pero que seguro será parte de mí.


ANA GAMERO. 

lunes, 8 de abril de 2013

# YO QUIERO SER COMO PACO



Mis reflexiones comienzan esta vez con preguntas. ¿Qué hacer cuando el velo de la madurez nos impide ver la autentica esencia de la vida?, ¿ Cómo recuperar a ese niño que todos llevamos dentro y que un halo de responsabilidades adquiridas y autoimpuestas nubla nuestra capacidad para ver más allá de lo que aparentemente se presenta ante nuestros ojos?. 


Paco, mi amigo Paco, me ha indicado el camino para hacerlo.


Le conocí hace ya casi diez años. Nuestras miradas se encontraron frente a frente en una aséptica consulta de pediatría en la que el amor irradiaba de dos cochecitos a nuestro lado, donde nuestros bebés apenas habían nacido al mundo. Su mirada hacia ese pequeño, tan pequeño, me cautivó y me hizo saber, casi de inmediato, que este era un tipo muy especial.

El destino y la casualidad quisieron que nuestros hijos coincidieran en la guardería primero y el colegio después. Y fue aquí, pasado el tiempo, donde constaté que mi instinto no me había fallado. Paco era realmente una persona diferente, siempre sonriente, siempre amable, siempre feliz.  Me preguntaba cómo era posible que este hombre nunca tuviera un mal día, nunca una mala palabra, nunca un gesto contrariado. Y un día descubrí su secreto: El trabajaba para ser feliz.

Con la sensibilidad que solo un artista puede tener, con un pincel que plasma un inconmensurable mundo interior, Paco quiso transgredir las leyes que rigen a la sociedad actual y junto a su pintura, se embarcó en un proyecto revolucionario y al mismo tiempo tan simple como la vida misma: La Universidad Emocional, un proyecto que pretende rescatar al hombre de sí mismo y sacarlo de la ruleta de Hamster en la se ha imbuido.

Y es que el ser humano ha perdido en el camino la capacidad para emocionarse, la ilusión por las pequeñas cosas que al final resultan esenciales para encontrar la felicidad, el espíritu libre que hace de los niños esos seres especiales que tanto adoramos.

En nuestro afán por competir, por lograr el éxito, por posicionarnos en los primeros puestos de la sociedad a nivel económico y profesional hemos dejado atrás, muy lejos, demasiado, a esos niños que fuimos un día.

Ya no tenemos la mirada limpia, inocente y tierna de antaño. Y como los niños perdidos de Peter Pan, hemos olvidado la espontaneidad, la fantasía y la capacidad de sorpresa en algún baúl sellado con el lacre de la madurez. 

Los temores se han hecho un hueco en nuestros corazones, el sentido del ridículo se ha apoderado de nosotros y las heridas de guerra provocadas por la vida han dejado cicatrices en nuestra alma.

Los prejuicios han ganado la batalla a la inocencia y la mirada limpia del niño que alguna vez fuimos, la sobriedad se ha impuesto a la frescura y la imaginación y la alegría tiene ya otras prioridades y exigencias.

Por eso somos infelices. Y por eso al recapacitar sobre ello he pensado en Paco. Él es ese niño grande que no ha dejado escapar ni una milésima de todos esos aspectos emocionales que los demás hemos perdido.  No ha permitido que se borren de su vida. Y todos los días se autoimpone como ejercicio no dejar marchar a ese niño. De ahí que sonría siempre, comparta juegos con su hijo y relativice los problemas, porque ni uno solo de ellos merece que perdamos la sonrisa. Quiere seguir siendo el superhéroe de cómic que tanto admira su pequeño y a través de él mostrarle a Curro un mundo diferente.

Paco quiere cambiar el mundo, este rígido mundo en el que lo material ha ganado la partida a la emotividad. Por eso ha creado la Universidad Emocional, para diplomar y licenciar a los adustos y sombríos personajes en los que nos hemos convertido, en esos seres con luz propia, iniciativa, imaginación e ideales que un día fuimos.

La aventura ha calado hondo entre las grandes empresas y ya son muchos los profesionales de éxito y de prestigio los que se ponen en sus manos para recuperar  ese tesoro que se nos fue dado y que nosotros enterramos bajo capas de años coleccionados.

Porque está demostrado que una persona feliz vive mejor, trabaja mejor, comunica mejor, se interrelaciona mejor. ¿Por qué no intentarlo? ¿ Por qué no rebuscar en nuestro interior al niño que perdimos y que tan feliz nos hacía?.

Solo tenemos que intentarlo y ejercitar el rescate cada día.  Los resultados están demostrados y garantizados. La prueba de ello es Paco, que apuesta por un mundo mejor, diferente y más sencillo. Un mundo en el que las emociones marquen la hoja de ruta de cada día y comanden la lista de prioridades de esta loca sociedad. Un mundo en el que nos miremos en los niños y aprendamos de ellos para volver a conquistar la esencia de la vida.
                                                                                                                              

   
                                                                                                                            ANA GAMERO.

martes, 19 de febrero de 2013

LA PRIMAVERA DEL ALMA



Las cajas y los bombos de carnaval quedaron en silencio. Don Carnal da paso a Doña Cuaresma y las cornetas comienzan a afinarse para acompañar a los desfiles procesionales de Semana Santa. El invierno va pasando, dejando tras de sí un rastro de niebla, lluvia y frío. Ese frío que se te mete en los huesos y que te perfora el alma y te hace sentir esa melancolía que no te abandona. Ojos tristes, mirada sin horizonte cubierta por la bruma, paisaje árido y gris. Meses de amaneceres tardíos y anocheceres tempranos. Nubes negras que se instalan en nuestro corazón y no nos dejan ver la luz del sol.

Pero como dice una frase que desde años llevo escrita a fuego en el alma: “Quiero creer en el sol, aún cuando no brilla. En Dios, aún cuando calla”.

Ha sido un invierno duro, plagado de tormentas y aguaceros. Pero todo pasa. Todo llega. Y poco a poco, sin que nos demos cuenta, la claridad dará paso a la oscuridad. Y el campo comenzará a florecer y el cielo volverá a ser azul.

El calor irá templando nuestra alma para que vuelva a recuperar su ser y el arco iris pintará de colores el ambiente para que la mirada ahora perdida vuelva a teñirse de ilusión ante la belleza de la vida.

La primavera está cerca y con ella el milagro de la regeneración. Una estación en la que lo que creíamos muerto vuelve a resurgir y las ilusiones desbaratadas por el frio y la oscuridad regresan con la fuerza con la que brotan las flores en el campo.

La vida se hará paso. La naturaleza nos regalará una nueva oportunidad de ser felices. Y con ella nuestros corazones recuperarán la alegría, la ilusión, la pasión.  Porque la alegría llega bajo el manto de color, la ilusión, con cada brote de trébol de cuatro hojas, la pasión, con la subida de temperatura y el rojo de las amapolas.

El milagro se repetirá y volveremos a sentir que aunque no lo parezca, aún tenemos pulso, ahora lento y tardío pero pulso al fin y al cabo. Y como cuando hay vida hay esperanza, ese palpitar se irá recuperando a sorbos hasta alcanzar el ritmo normal y entonces nuestro corazón volverá a latir acompasadamente.

Llegarán tiempos mejores, estoy segura. Un tiempo en el que las mariposas vuelvan a revolotear a nuestro alrededor. Un tiempo en el que la sonrisa forme parte de nuestro autorretrato, un tiempo en el que la paz interior se  expanda, se funda con el paisaje y encontremos el equilibrio.

Aún nos toca esperar un poco, pero solo un poco, aunque con la certeza de que tiempos mejores llegarán, con el convencimiento de que nuestro ser volverá a sentir lo maravillosa que es la vida, con la esperanza y la ilusión de que un día la lluvia cesará y las flores volverán a abrir sus pétalos primaverales dando la bienvenida a una nueva estación.

Volveremos a empezar. Siempre volver a empezar. Con fuerza, con ansia, con la garra que tenemos los seres humanos para superar la adversidad. Con el convencimiento de que un nuevo día llegará y con él la luz del sol volverá a brillar, los pájaros volverán a trinar y el color inundará la negrura invernal de nuestra alma.

Y mientras tanto, me sentaré a esperar. Me acurrucaré en el brasero y miraré como las lágrimas de lluvia resbalan por la ventana y los truenos y centellas se alejan en la espesura de las nubes. Y estaré atenta a las señales que indiquen que ya es la hora. La hora de salir del caparazón y volver a florecer a la vida, junto con la primavera.

                                                                       ANA GAMERO

sábado, 26 de enero de 2013

UN CASTILLO PARA SOÑAR



He leído que en estos días se cumplen cinco años desde que el Castillo de Luna cerrara sus puertas. Un lustro en el que Alburquerque ha perdido el tren como referencia turística y que ha tenido como consecuencia el descenso de la actividad económica intrínsecamente unida a las visitas que recibía el pueblo cuando el Castillo abría al público.

Pero Alburquerque no solo ha perdido euros en este tiempo sino parte de sus señas de identidad.  Y lo más importante, el sello imborrable que esa magnífica fortaleza ha dejado en cada uno de los corazones que tuvimos la gran suerte de conocer los secretos que guardaba.

Era yo aún muy pequeña cuando mi padre me cogió de la mano y me llevó a los pies del castillo. Me contó su historia, me narró sus andanzas con el grupo de amigos de la infancia, me mostró la grandeza de un castillo que yo, desde mis ojos de niña, veía como de cuento de caballeros y princesas.

Y a medida que crecí, fui sumergiéndome cada vez más en sus entrañas y a vivir aventuras de exploradores en busca de la fortuna que guardaban sus muros. Iniciábamos nuestra conquista a través de las Laderas. Escalábamos las peñas buscando esa puerta secreta de la que me había hablado mi padre y que yo quería descubrir por mí misma. ¡Y qué sensación de victoria experimentábamos al alcanzarla¡.  

Nos sentíamos los reyes del mundo mirando la llanura desde arriba, descubriendo Carrión a lo lejos, deleitándonos con el aire puro y limpio de las alturas.  Y tras nosotros, en el otro lado de esa puerta mágica, aparecía Alburquerque en todo su esplendor y la entrada  por la que los viandantes accedían a la puerta principal del Castillo para iniciar su recorrido por el interior de la fortaleza.

Bajábamos trabajosamente y con cuidado por cada una de las piedras estratégicamente colocadas. Nos pinchábamos la cara y las manos al cruzar las moreras, donde a veces hacíamos una paradita para disfrutar de su sabor, que en tales circunstancias era más intenso y emocionante. Nos consideramos exploradores en un mundo por descubrir, un mundo de luces y sombras donde casi parecía que se oían los cascos de los caballos cuando nos introducíamos en el pasadizo por el que siglos atrás accedían las caballerías a la fortaleza.

Viví intensamente aquellos momentos, aquellos días en los que cada incursión en el castillo era diferente. Cada excursión suponía descubrir algo nuevo, emocionantes historias que después corría a casa a contar.

Me sentaba  en el cañón desvencijado que daba la bienvenida al castillo. Y con la imaginación de niña, podía oler la pólvora y sentir la tensión de la batalla. Bebí del vino de la taberna en la que según contaba mi padre, disfrutaba la guardia de la fortaleza y sentí el frío de las mazmorras y el miedo de los reos en un lugar tan oscuro al que había que ser muy valiente para bajar.

Esa explosión de adrenalina y el hecho de sentirte un niño especial y afortunado por tener un castillo en el que jugar ha quedado grabado a fuego en mi memoria.

Y ahora, cuando llevo a mis hijos a Alburquerque y paseo con ellos por Las Laderas, rememoro aquellos maravillosos años repletos de mágicas experiencias que ya ellos no podrán disfrutar. No al menos como las viví yo. No aciertan a imaginar cómo será esa puerta secreta de la que tanto les he hablado y me ruegan poder entrar en el castillo para conocerlo.

Aunque ya sabemos que eso, hoy, no será posible. Me calzo entonces las botas e intento darles al menos un poco de la magia que me transmitió a mí esta gran fortaleza. Les acompaño en la aventura que supone para ellos la escalada por los empinados parajes que dan acceso  a las murallas y sufro al tiempo que disfruto viéndolos recorrerlas junto a su abuelo en las alturas, asomándose por las almenas y saludándome con la mano con esa mirada de triunfo que yo también conozco. Esa mirada llena de luz que solo tienen aquellos que se atreven a descubrir el mundo. Y mis hijos estaban descubriendo el castillo,  o al menos, parte de su alma.

Porque si de algo estoy convencida es de que el Castillo de Luna tiene alma. Un alma propia que a pesar de los desmanes y de las vicisitudes que ha sufrido y está sufriendo, sigue intacta, impertérrita en nuestra memoria y en nuestros sueños de niños, que como Peter Pan y los niños perdidos, encontramos en el castillo nuestro particular País de Nunca Jamás.

Y sueño. Sueño con que algún día podré  volver a visitar ese lugar y mostrarles a mis hijos las raíces de su pueblo, Alburquerque, entre las murallas de esta fortaleza.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA LOTERIA




Este año no necesito que me toque la lotería. Y mira que la cosa anda mal de dinero. Pero aunque la cuenta bancaria aparezca en números rojos, no, no necesito que me toque la lotería. Porque soy inmensamente rica. Tengo el mayor tesoro que se pueda desear: tengo amistad.  Y aunque parezca un tópico, en mi caso es la pura realidad.


No es una, ni dos, ni tres. Tengo amigas para cubrir las dos manos, dos manos llenas de comprensión, de achuchones, de silencios, también de risas. Dos manos con distintos nombres, con distintos caracteres, con diversos trabajos, con múltiples circunstancias, pero todas dispuestas a escuchar, compartir, ayudar, vivir conmigo. Vivir los momentos buenos. Vivir los momentos malos. Reir a boca llena. Llorar hasta que no queden lágrimas. Tender la mano y acabar con un abrazo. Nadar hasta mí y no dejar que me hunda. Buscar una bolla férrea a la que agarrarnos, juntas.

Sin palabras, casi sin gestos, saben exactamente cómo me siento. Debe ser que conocen mi mirada. Saben quién soy y cómo soy. Un lenguaje de amor desinteresado que yo he aprendido a hablar en su compañía.

No hacen falta cafés, no son necesarias visitas diarias ni llamadas con horario. Están. Estamos. Qué bonito verbo. Estar para los demás sin esperar nada a cambio. Solo a veces se requiere la recompensa de una sonrisa. Esa que sale de lo más profundo de un corazón agradecido, que late lenta y pausadamente, acompasado por el ritmo del resto de sus corazones amigos, insuflando energía, aliento, pasión por la vida y por las pequeñas cosas que la hacen tan bella.

No hace falta el dinero cuando se tiene la esencia . No cabe el odio teniendo compañeros de viaje que se guían por el corazón. No se entiende el rencor cuando la limpieza de sentimientos desinfecta el alma. No se habla el idioma de la venganza cuando sencillamente no se conoce la palabra.

En ellas sale el sol cada mañana. En ellas me miro y me reflejo. En ellas me apoyo para seguir caminando por este sendero de la vida, en el que aunque existan piedras y guijarros, también hay amapolas, mariposas y arco iris. En ellas encuentro los colores y el cielo se abre, las nubes se convierten en algodones mullidos y suaves que me acunan y las estrellas brillan en noches de luna llena.

En ellas encuentro la paz y la fuerza para seguir adelante. En ellas alcanzo el mañana, día a día.

En ellas se hace posible el milagro. Ellas son el milagro. MI MILAGRO.

¿Entiendes ahora por qué no necesito que me toque la lotería?

martes, 4 de diciembre de 2012

EL DESAHUCIO DE LA MULA Y EL BUEY



La crisis no respeta nada, ni siquiera a la Navidad. Este año las fechas navideñas también sufrirán recortes. Veremos menos luces en la calle, dispondremos de menos cash para realizar nuestras compras, tendremos que tirar de adornos de otros años para decorar nuestros hogares y en la mesa habrá menos dispendio. Solo nos quedará la alegría de cantar villancicos con las panderetas y zambombas al calor del tradicional anís. 

Pero cuidado, este año hasta las canciones populares sufren recortes ya que ha quedado eliminado del cancionero popular el tradicional villancico que suena tal que “Entre un buey y una mula Dios ha nacido…”.

Al Papa Benedicto XVI le han iluminado con la revelación de que en Belén, en el pesebre donde nació Jesucristo, no había ni mula ni buey. Y lo trascribe en  un libro sobre la infancia de Jesús en el que también dice que la Estrella de Oriente no era más que un cometa que pasaba por allí frente a los ojos de los Reyes Magos. Y no seré yo quien le rectifique ni niegue tales afirmaciones, pero hombre, digo yo que ya había otras cosas más importantes en las que pensar en estos tiempos de necesidad , señor Ratzinger.

¿Qué daño hacían la pobre mula y el buey en nuestra tradición?, ¿Qué hacemos ahora con la Estrella de Oriente, la colocamos sobre la copa de nuestros árboles de Navidad o la defenestramos de la cultura navideña?. Y es que lo que no pasa de ser un simple hecho anecdótico tiene su importancia en cuanto a que tales replanteamientos pueden generar incertidumbre y dudas sobre el resto de la historia sagrada.
Y con la crisis de valores que estamos padeciendo, con el hambre de esperanza que hay en el mundo, con las ansias de creer que todos tenemos, este Papa teólogo ha hecho un flaco favor a la fe.

Y aquellos que no creen, los ateos y agnósticos, se estarán frotando las manos en base a que estas afirmaciones pueden dar rienda suelta al relativismo y al cuestionamiento de nuestras creencias.

Todavía recuerdo el precioso Nacimiento instalado en plena Navidad en la Plaza de San Pedro de Roma, en vida de Juan Pablo II. San José, La Virgen y el Niño con la mula y el buey, tal y como lo han representado la iconografía, la imaginería y el arte pictórico a lo largo de los siglos. Ahora Ratzinger los ha desahuciado y tendremos que retirar a ambos animalitos de nuestros belenes pues según el nuevo Papa, no había bestias en el pesebre. Como poco, kafkiano, diría yo.

Yo, que crecí con ellos, que les canté villancicos, que visité belenes vivientes en los que no faltaban, ahora les tengo que decir a mis hijos que todo fue fruto de un capricho de Francisco de Asís.

Ahora solo nos falta escuchar que no eran 3 los Reyes que visitaron al Niño, sino dos viajeros, o que José no era carpintero, o que Jesús en realidad no se llamaba Jesús. Porque ya puestos y después de haberme jorobado parte de la infancia, una se espera cualquier cosa.

Así que yo pienso permanecer ciega y sorda. Voy a poner con mis niños el Belén y pienso colocar en él a la mula y al buey como también es mi intención subir a mi pequeño en brazos para que corone el árbol con la Estrella de Navidad.

Es mi particular forma de seguir teniendo fe en aquello que me enseñaron, en lo que me contaron como una maravillosa historia que sucedió en Oriente hace más de 2.000 años, un relato de amor, esperanza y magia que revivimos cada año desde hace generaciones, que repetimos cada Navidad y que transmitimos de padres a hijos con la fuerza de la verdad de nuestra religión.

                                                                              

miércoles, 7 de noviembre de 2012

SUMAR ES MAS





Hablaba yo el otro día por teléfono con una amiga catalana y nos reíamos juntas del follón que se ha montado en torno a las intenciones de Artur Mas y su Gobierno para realizar un referéndum para la independencia de Cataluña.



Y digo nos reíamos. Y digo bien. Porque entre los ciudadanos de a pié, aquellos que han nacido en tierras catalanas y esos otros que un día emigraron provenientes de otras regiones pero que han echado sus raíces allí y se sienten catalanes, esta polémica está fuera de su cotidianidad. Alejada de sus preocupaciones diarias. En otra dimensión siempre cercana a intereses políticos y luchas de poder.

Porque querer hacer de la defensa de un idioma y del sentirse catalán una reivindicación independentista es algo “aberrante”. Lo inteligente, lo sensato, lo juicioso, es sumar. Nunca restar. Conocer el idioma de tu región y el de tu país. Sentirse catalán y español.

Porque todos formamos parte de un gran país, con historia, con cultura, con tradición. Cada cual con su idiosincrasia, sus costumbres, su gastronomía, su bandera, sus gentes… pero siempre sumando porque en definitiva, es el conjunto lo que cuenta y lo que a unos les falta otros lo aportan.

Esa es la esencia de una gran nación y España, señores, tiene todo lo que cualquier ciudadano del mundo pudiera desear. Una Sagrada Familia única y maravillosa, un Palacio Real majestuoso, una Giralda singular y un teatro romano emeritense espectacular. Tiene playas salvajes al norte y cálidas al sur.

Tiene montes idílicos, verdes y frondosos y llanuras castellanas tantas veces evocadas por Antonio Machado. Tiene fiestas genuinas como las Fallas, la Feria, los medievales y las tamborradas. Tiene sardanas, jotas y sevillanas. Tiene butifarras, migas, fabada, langostinos, jamón ibérico y paella. ¿No es mejor tenerlo todo que aspirar al ostracismo y a una disparatada independencia basada en ideales nacionalistas que han pasado de moda y que tantos sufrimiento y barbarie han traído consigo?.

Cataluña es una gran región. Una tierra de prosperidad y oportunidades, un ejemplo de desarrollo, de solidaridad y acogida hacia muchos españoles que llegados de diferentes puntos de España, sobre todo de Andalucía y Extremadura, formaron un hogar y un futuro mejor. Porque, parafraseando a Mario Onaindía, La patria no es el lugar donde se nace, sino donde se es libre”.

Por qué ahora desunir, confrontar y radicalizar posturas. Por qué espurios intereses se pretende ofrecer una versión irreal de la historia, imponer una lengua y enfrentar a familias, amigos, padres e hijos. Por qué no se puede tener en esta tierra el corazón partío. Por qué unos políticos a los que todos pagamos con nuestro dinero no trabajan a favor de la concordia, la paz social y la estabilidad de una región en vez de sembrar rencillas y odios enfervorecidos. Son preguntas retóricas porque supongo que ninguno de estos “defensores” de Cataluña contestará.

Sin embargo, yo tengo fe en las personas, en los hombres y mujeres que cada día forjan la historia de sus vidas, que se levantan cada día para ir a trabajar con la preocupación de llevar a sus casas un futuro mejor y no tienen tiempo para pensar en ideas peregrinas y disgregantes.
Creo en las personas, sean catalanas, extremeñas o andaluzas, sin distinción de idioma o lugar de nacimiento. Porque como diría H.G Wells, Nuestra verdadera nacionalidad es la del género humano”.