sábado, 26 de enero de 2013

UN CASTILLO PARA SOÑAR



He leído que en estos días se cumplen cinco años desde que el Castillo de Luna cerrara sus puertas. Un lustro en el que Alburquerque ha perdido el tren como referencia turística y que ha tenido como consecuencia el descenso de la actividad económica intrínsecamente unida a las visitas que recibía el pueblo cuando el Castillo abría al público.

Pero Alburquerque no solo ha perdido euros en este tiempo sino parte de sus señas de identidad.  Y lo más importante, el sello imborrable que esa magnífica fortaleza ha dejado en cada uno de los corazones que tuvimos la gran suerte de conocer los secretos que guardaba.

Era yo aún muy pequeña cuando mi padre me cogió de la mano y me llevó a los pies del castillo. Me contó su historia, me narró sus andanzas con el grupo de amigos de la infancia, me mostró la grandeza de un castillo que yo, desde mis ojos de niña, veía como de cuento de caballeros y princesas.

Y a medida que crecí, fui sumergiéndome cada vez más en sus entrañas y a vivir aventuras de exploradores en busca de la fortuna que guardaban sus muros. Iniciábamos nuestra conquista a través de las Laderas. Escalábamos las peñas buscando esa puerta secreta de la que me había hablado mi padre y que yo quería descubrir por mí misma. ¡Y qué sensación de victoria experimentábamos al alcanzarla¡.  

Nos sentíamos los reyes del mundo mirando la llanura desde arriba, descubriendo Carrión a lo lejos, deleitándonos con el aire puro y limpio de las alturas.  Y tras nosotros, en el otro lado de esa puerta mágica, aparecía Alburquerque en todo su esplendor y la entrada  por la que los viandantes accedían a la puerta principal del Castillo para iniciar su recorrido por el interior de la fortaleza.

Bajábamos trabajosamente y con cuidado por cada una de las piedras estratégicamente colocadas. Nos pinchábamos la cara y las manos al cruzar las moreras, donde a veces hacíamos una paradita para disfrutar de su sabor, que en tales circunstancias era más intenso y emocionante. Nos consideramos exploradores en un mundo por descubrir, un mundo de luces y sombras donde casi parecía que se oían los cascos de los caballos cuando nos introducíamos en el pasadizo por el que siglos atrás accedían las caballerías a la fortaleza.

Viví intensamente aquellos momentos, aquellos días en los que cada incursión en el castillo era diferente. Cada excursión suponía descubrir algo nuevo, emocionantes historias que después corría a casa a contar.

Me sentaba  en el cañón desvencijado que daba la bienvenida al castillo. Y con la imaginación de niña, podía oler la pólvora y sentir la tensión de la batalla. Bebí del vino de la taberna en la que según contaba mi padre, disfrutaba la guardia de la fortaleza y sentí el frío de las mazmorras y el miedo de los reos en un lugar tan oscuro al que había que ser muy valiente para bajar.

Esa explosión de adrenalina y el hecho de sentirte un niño especial y afortunado por tener un castillo en el que jugar ha quedado grabado a fuego en mi memoria.

Y ahora, cuando llevo a mis hijos a Alburquerque y paseo con ellos por Las Laderas, rememoro aquellos maravillosos años repletos de mágicas experiencias que ya ellos no podrán disfrutar. No al menos como las viví yo. No aciertan a imaginar cómo será esa puerta secreta de la que tanto les he hablado y me ruegan poder entrar en el castillo para conocerlo.

Aunque ya sabemos que eso, hoy, no será posible. Me calzo entonces las botas e intento darles al menos un poco de la magia que me transmitió a mí esta gran fortaleza. Les acompaño en la aventura que supone para ellos la escalada por los empinados parajes que dan acceso  a las murallas y sufro al tiempo que disfruto viéndolos recorrerlas junto a su abuelo en las alturas, asomándose por las almenas y saludándome con la mano con esa mirada de triunfo que yo también conozco. Esa mirada llena de luz que solo tienen aquellos que se atreven a descubrir el mundo. Y mis hijos estaban descubriendo el castillo,  o al menos, parte de su alma.

Porque si de algo estoy convencida es de que el Castillo de Luna tiene alma. Un alma propia que a pesar de los desmanes y de las vicisitudes que ha sufrido y está sufriendo, sigue intacta, impertérrita en nuestra memoria y en nuestros sueños de niños, que como Peter Pan y los niños perdidos, encontramos en el castillo nuestro particular País de Nunca Jamás.

Y sueño. Sueño con que algún día podré  volver a visitar ese lugar y mostrarles a mis hijos las raíces de su pueblo, Alburquerque, entre las murallas de esta fortaleza.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA LOTERIA




Este año no necesito que me toque la lotería. Y mira que la cosa anda mal de dinero. Pero aunque la cuenta bancaria aparezca en números rojos, no, no necesito que me toque la lotería. Porque soy inmensamente rica. Tengo el mayor tesoro que se pueda desear: tengo amistad.  Y aunque parezca un tópico, en mi caso es la pura realidad.


No es una, ni dos, ni tres. Tengo amigas para cubrir las dos manos, dos manos llenas de comprensión, de achuchones, de silencios, también de risas. Dos manos con distintos nombres, con distintos caracteres, con diversos trabajos, con múltiples circunstancias, pero todas dispuestas a escuchar, compartir, ayudar, vivir conmigo. Vivir los momentos buenos. Vivir los momentos malos. Reir a boca llena. Llorar hasta que no queden lágrimas. Tender la mano y acabar con un abrazo. Nadar hasta mí y no dejar que me hunda. Buscar una bolla férrea a la que agarrarnos, juntas.

Sin palabras, casi sin gestos, saben exactamente cómo me siento. Debe ser que conocen mi mirada. Saben quién soy y cómo soy. Un lenguaje de amor desinteresado que yo he aprendido a hablar en su compañía.

No hacen falta cafés, no son necesarias visitas diarias ni llamadas con horario. Están. Estamos. Qué bonito verbo. Estar para los demás sin esperar nada a cambio. Solo a veces se requiere la recompensa de una sonrisa. Esa que sale de lo más profundo de un corazón agradecido, que late lenta y pausadamente, acompasado por el ritmo del resto de sus corazones amigos, insuflando energía, aliento, pasión por la vida y por las pequeñas cosas que la hacen tan bella.

No hace falta el dinero cuando se tiene la esencia . No cabe el odio teniendo compañeros de viaje que se guían por el corazón. No se entiende el rencor cuando la limpieza de sentimientos desinfecta el alma. No se habla el idioma de la venganza cuando sencillamente no se conoce la palabra.

En ellas sale el sol cada mañana. En ellas me miro y me reflejo. En ellas me apoyo para seguir caminando por este sendero de la vida, en el que aunque existan piedras y guijarros, también hay amapolas, mariposas y arco iris. En ellas encuentro los colores y el cielo se abre, las nubes se convierten en algodones mullidos y suaves que me acunan y las estrellas brillan en noches de luna llena.

En ellas encuentro la paz y la fuerza para seguir adelante. En ellas alcanzo el mañana, día a día.

En ellas se hace posible el milagro. Ellas son el milagro. MI MILAGRO.

¿Entiendes ahora por qué no necesito que me toque la lotería?

martes, 4 de diciembre de 2012

EL DESAHUCIO DE LA MULA Y EL BUEY



La crisis no respeta nada, ni siquiera a la Navidad. Este año las fechas navideñas también sufrirán recortes. Veremos menos luces en la calle, dispondremos de menos cash para realizar nuestras compras, tendremos que tirar de adornos de otros años para decorar nuestros hogares y en la mesa habrá menos dispendio. Solo nos quedará la alegría de cantar villancicos con las panderetas y zambombas al calor del tradicional anís. 

Pero cuidado, este año hasta las canciones populares sufren recortes ya que ha quedado eliminado del cancionero popular el tradicional villancico que suena tal que “Entre un buey y una mula Dios ha nacido…”.

Al Papa Benedicto XVI le han iluminado con la revelación de que en Belén, en el pesebre donde nació Jesucristo, no había ni mula ni buey. Y lo trascribe en  un libro sobre la infancia de Jesús en el que también dice que la Estrella de Oriente no era más que un cometa que pasaba por allí frente a los ojos de los Reyes Magos. Y no seré yo quien le rectifique ni niegue tales afirmaciones, pero hombre, digo yo que ya había otras cosas más importantes en las que pensar en estos tiempos de necesidad , señor Ratzinger.

¿Qué daño hacían la pobre mula y el buey en nuestra tradición?, ¿Qué hacemos ahora con la Estrella de Oriente, la colocamos sobre la copa de nuestros árboles de Navidad o la defenestramos de la cultura navideña?. Y es que lo que no pasa de ser un simple hecho anecdótico tiene su importancia en cuanto a que tales replanteamientos pueden generar incertidumbre y dudas sobre el resto de la historia sagrada.
Y con la crisis de valores que estamos padeciendo, con el hambre de esperanza que hay en el mundo, con las ansias de creer que todos tenemos, este Papa teólogo ha hecho un flaco favor a la fe.

Y aquellos que no creen, los ateos y agnósticos, se estarán frotando las manos en base a que estas afirmaciones pueden dar rienda suelta al relativismo y al cuestionamiento de nuestras creencias.

Todavía recuerdo el precioso Nacimiento instalado en plena Navidad en la Plaza de San Pedro de Roma, en vida de Juan Pablo II. San José, La Virgen y el Niño con la mula y el buey, tal y como lo han representado la iconografía, la imaginería y el arte pictórico a lo largo de los siglos. Ahora Ratzinger los ha desahuciado y tendremos que retirar a ambos animalitos de nuestros belenes pues según el nuevo Papa, no había bestias en el pesebre. Como poco, kafkiano, diría yo.

Yo, que crecí con ellos, que les canté villancicos, que visité belenes vivientes en los que no faltaban, ahora les tengo que decir a mis hijos que todo fue fruto de un capricho de Francisco de Asís.

Ahora solo nos falta escuchar que no eran 3 los Reyes que visitaron al Niño, sino dos viajeros, o que José no era carpintero, o que Jesús en realidad no se llamaba Jesús. Porque ya puestos y después de haberme jorobado parte de la infancia, una se espera cualquier cosa.

Así que yo pienso permanecer ciega y sorda. Voy a poner con mis niños el Belén y pienso colocar en él a la mula y al buey como también es mi intención subir a mi pequeño en brazos para que corone el árbol con la Estrella de Navidad.

Es mi particular forma de seguir teniendo fe en aquello que me enseñaron, en lo que me contaron como una maravillosa historia que sucedió en Oriente hace más de 2.000 años, un relato de amor, esperanza y magia que revivimos cada año desde hace generaciones, que repetimos cada Navidad y que transmitimos de padres a hijos con la fuerza de la verdad de nuestra religión.

                                                                              

miércoles, 7 de noviembre de 2012

SUMAR ES MAS





Hablaba yo el otro día por teléfono con una amiga catalana y nos reíamos juntas del follón que se ha montado en torno a las intenciones de Artur Mas y su Gobierno para realizar un referéndum para la independencia de Cataluña.



Y digo nos reíamos. Y digo bien. Porque entre los ciudadanos de a pié, aquellos que han nacido en tierras catalanas y esos otros que un día emigraron provenientes de otras regiones pero que han echado sus raíces allí y se sienten catalanes, esta polémica está fuera de su cotidianidad. Alejada de sus preocupaciones diarias. En otra dimensión siempre cercana a intereses políticos y luchas de poder.

Porque querer hacer de la defensa de un idioma y del sentirse catalán una reivindicación independentista es algo “aberrante”. Lo inteligente, lo sensato, lo juicioso, es sumar. Nunca restar. Conocer el idioma de tu región y el de tu país. Sentirse catalán y español.

Porque todos formamos parte de un gran país, con historia, con cultura, con tradición. Cada cual con su idiosincrasia, sus costumbres, su gastronomía, su bandera, sus gentes… pero siempre sumando porque en definitiva, es el conjunto lo que cuenta y lo que a unos les falta otros lo aportan.

Esa es la esencia de una gran nación y España, señores, tiene todo lo que cualquier ciudadano del mundo pudiera desear. Una Sagrada Familia única y maravillosa, un Palacio Real majestuoso, una Giralda singular y un teatro romano emeritense espectacular. Tiene playas salvajes al norte y cálidas al sur.

Tiene montes idílicos, verdes y frondosos y llanuras castellanas tantas veces evocadas por Antonio Machado. Tiene fiestas genuinas como las Fallas, la Feria, los medievales y las tamborradas. Tiene sardanas, jotas y sevillanas. Tiene butifarras, migas, fabada, langostinos, jamón ibérico y paella. ¿No es mejor tenerlo todo que aspirar al ostracismo y a una disparatada independencia basada en ideales nacionalistas que han pasado de moda y que tantos sufrimiento y barbarie han traído consigo?.

Cataluña es una gran región. Una tierra de prosperidad y oportunidades, un ejemplo de desarrollo, de solidaridad y acogida hacia muchos españoles que llegados de diferentes puntos de España, sobre todo de Andalucía y Extremadura, formaron un hogar y un futuro mejor. Porque, parafraseando a Mario Onaindía, La patria no es el lugar donde se nace, sino donde se es libre”.

Por qué ahora desunir, confrontar y radicalizar posturas. Por qué espurios intereses se pretende ofrecer una versión irreal de la historia, imponer una lengua y enfrentar a familias, amigos, padres e hijos. Por qué no se puede tener en esta tierra el corazón partío. Por qué unos políticos a los que todos pagamos con nuestro dinero no trabajan a favor de la concordia, la paz social y la estabilidad de una región en vez de sembrar rencillas y odios enfervorecidos. Son preguntas retóricas porque supongo que ninguno de estos “defensores” de Cataluña contestará.

Sin embargo, yo tengo fe en las personas, en los hombres y mujeres que cada día forjan la historia de sus vidas, que se levantan cada día para ir a trabajar con la preocupación de llevar a sus casas un futuro mejor y no tienen tiempo para pensar en ideas peregrinas y disgregantes.
Creo en las personas, sean catalanas, extremeñas o andaluzas, sin distinción de idioma o lugar de nacimiento. Porque como diría H.G Wells, Nuestra verdadera nacionalidad es la del género humano”.

                                                                              

jueves, 18 de octubre de 2012

ROJO CARMIN



En todos los momentos de crisis que ha vivido el mundo, las mujeres hemos reaccionado poniendo  “al mal tiempo, buena cara”. Por eso, cuando las cosas van mal y el pesimismo se adueña del ambiente, nosotras nos ponemos el mundo por montera y nos pintamos los labios de rojo. Eso es un signo inequívoco de la fuerza que tenemos las mujeres, de nuestra capacidad para afrontar los malos tiempos y de nuestro coraje para salvar las situaciones más difíciles.

No entiendo pues porque se dice que somos el “sexo débil”. ¿Débil de qué?. Si en cada época de la humanidad hemos sido los pilares y resortes de una sociedad cambiante y en constante evolución. De hecho, durante los primeros pasos del ser humano se establecían matriarcados en los poblados, un sistema que aún hoy perdura en muchas tribus del mundo y que secretamente sigue imperando en muchos hogares.

Cierto es que el pensamiento machista y dominador del hombre, aderezado con dogmas religiosos y consignas políticas, nos sometieron durante siglos y nos retrotrajeron a un segundo plano, pero incluso ahí, en aquel pequeño rincón oscuro al que nos condenaron, fuimos capaces de forjar a grandes hombres y mujeres, gestionar la economía de nuestro micromundo y buscar fórmulas para pasar nuestros ratos de ocio.

Y quizá por esta presión a la que durante siglos nos vimos sometidas, las mujeres aprendimos a valernos por nosotras mismas, a encontrar nuestro espacio y a beber a pequeños sorbos la felicidad.

Y llegó el día en el que las mujeres abrimos los ojos y vimos lo que valíamos y entonces reivindicamos nuestro papel fundamental en la sociedad. Nos costó. Nos costó mucho. Pero lo conseguimos. Conquistamos el lugar que nos pertenecía por derecho propio. Nos echamos la mochila a la espalda, una mochila grande cargada de sueños, esperanzas y muchos proyectos. En ella incluimos también las labores del hogar, impuestas y autoimpuestas así como la crianza de nuestros hijos. Y a pesar del peso, no nos quejamos. Porque somos felices. Porque podemos decidir qué hacer con nuestras vidas.

Hoy día, aunque nos faltan por conquistar las cotas aún vetadas por intereses cercanos al poder, podemos decir que estamos ram con ram. Hemos aprendido a compatibilizar. A sacar tiempo de donde no lo hay. A poner una gran sonrisa a nuestros hijos aunque lleguemos agotadas de trabajar.

Nos hemos calzado los tacones y a la vez nos hemos puesto el casco de obra. Hemos desarrollado el don de la ubicuidad. Hemos aprendido a ser ambidiestras y salimos cada día a comernos el mundo.


Y todo, con los labios pintados de rojo carmín. 

martes, 17 de julio de 2012

UN VIAJE EN EL TIEMPO



Hace algunos meses cayó en mis manos el libro de Felix Palma, `El Mapa del Tiempo´. En él se vuelve a plantear el deseo del hombre por conocer otras dimensiones y viajar en el tiempo. El propio H.G Wells se convierte en protagonista de su propia historia, descubriendo que puede hacer todo aquello que un día soñó y que consideró imposible.

Y entonces, una idea se asoma a mi mente. Y si yo también pudiera desaparecer del escenario de mi vida y aparecer en otro tiempo, en otra parte?. ¿Qué haría?, ¿Dónde iría?. ¿Sería yo misma, mi antepasado o mi descendiente?. ¿Podría ir y venir a mi antojo, congelando el tiempo que no me guste y dilatando los momentos inolvidables?.

¿A quién buscaría?. ¿Sería testigo de excepción o podría tomar parte de esa vida paralela?. Todas esas preguntas y alguna más se han lanzado ya, no soy nada original. Pero a veces pienso: ¿ Y si se pudiera, de verdad?.

Siempre me ha apetecido conocer a Jesucristo, moverme en el Ágora con los filósofos Platón y Aristóteles, recorrer los templos egipcios. Viajar al pasado para conocer la historia. Pero, ¿ Y el futuro?. ¿Me gustaría conocer el futuro?. Es una cuestión difícil de dirimir, sobre todo si tenemos en cuenta la teoría del destino. Aquello que te ha de suceder, hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, creas lo que creas.
¿Podríamos dar marcha atrás a nuestra propia vida si tuviéramos oportunidad de hacerlo?. Habrá quien firme, habrá quien no. Dependerá de las circunstancias. Pero sería algo tentador poder ser el dedo ejecutor de tus victorias y la goma de borrar de tus propios errores. Supondría la posibilidad de poder rectificar. Deshacer lo ya realizado. Vivir otra nueva vida llena de alegrías en las que los tropiezos solo fueran un Kit Kat.

¿Qué pasaría entonces con la responsabilidad?, dirán los más críticos y racionales. Pues, sencillamente, a la mierda con la responsabilidad. Porque aunque nos han inculcado la necesidad de llevarla perenne como una segunda piel, la mayoría de las veces nos impide ser verdaderamente felices, nos veta caminos prohibidos, nos tortura con la conciencia y nos hace ser, a veces, demasiado cobardes para hacer aquello que deseamos.
Por eso, si bien esta señora de ojos grises vestida de negro será una sombra en nuestra vida, hay veces en las que sería mejor dejarla ciega, muda y sorda, para que deje de martillear en nuestros actos y pensamientos como una vieja bruja que te dice en todo momento aquello que está bien y lo que está mal.

Nos hemos vuelto tan responsables que hemos olvidado lo que es la espontaneidad. Hemos dejado atrás los impulsos para atender a sus rectas razones, nos hemos vestido de negro y hemos dejado de brillar.
Hay momentos en los que tu mente explota y tu cuerpo se rebela. Y entonces hay un `crack´. Después de tantos años de formalidad impuesta y auotoimpuesta, la campanita de la rebeldía se oye a lo lejos, tímida, apagada al principio. Repicando si te acercas al abismo. Un precipicio, un acantilado, un salto sin paracaídas.

Un paso al frente, romper las reglas y lanzarte sin más pretensión que la de volar y sentir la libertad. Podrás estrellarte, pero habrá merecido la pena saborear esos instantes de locura en los que nada importa salvo tú y tus ansias de buscar otras vidas, otros momentos, otras historias que contar.
Pero no hay valor, no hay fuerzas, no hay ganas de probar. El miedo, la cobardía y el desconcierto ante lo desconocido pueden más y se alían con la responsabilidad para hacer de nosotros seres estáticos y aletargados que hibernan en sus respectivas cuevas a la espera de una primavera que, se supone, ha de llegar.

Pasa un invierno. Y después otro. Y otro más. Nos hacemos mayores. Nos atamos al trabajo, a la nómina y a la hipoteca. Nos refugiamos en nuestros hijos. Y dejamos de soñar. Y olvidamos nuestros deseos de juventud. Perdemos el punto de locura de la adolescencia y dejamos atrás todo aquello que suponga desestabilizar nuestra responsable y acomodada existencia.
Quizá por eso casi todos reconocemos en los años adolescentes la mejor etapa de nuestras vidas, irrecuperable, trascendental y enormemente bella y divertida.

Mi madre dirá al leer esto que la vida es así. Que no puedo ser Quijote. Que tengo que seguir cada etapa tal y como viene. Pero, ¿y si la vida no tiene por ser así?...

Si pudieras viajar en el tiempo. ¿Qué harías?...




                                                          


domingo, 17 de junio de 2012

LA ROJA


Ya está aquí. Ya empezó. La Eurocopa de Fútbol ha llegado y con él, todo un inicio de temporada estival repleta de televisores con una única programación, horas de vacío en las calles y reuniones de amigos y familiares para ver el partido de rigor. Fútbol, fútbol, fútbol. Eso es lo que toca, aunque sí miramos más allá del césped, más allá del banquillo o de la tribuna, encontraremos más, mucho más que simple fútbol.

Para empezar podemos fijarnos en la lista de convocados. 23 jugadores de diferentes comunidades autónomas se dan la mano o el pié, según se mire, para lograr el mismo objetivo, el mismo sueño: hacer ganar a tu equipo, que no es otro que España.

 Aquí y ahora, en el campo de juego y con la selección española jugando un partido, no existen nacionalismos ni política. En el césped todos los jugadores- madrileños, catalanes, vascos, andaluces, castellanos, canarios… tienen una misma identidad, son españoles y defienden con orgullo la bandera a golpe de regate.

Apoyando a la furia española, durante estos días salen a la venta libros sobre la selección, álbumes con estampitas que son devorados por los niños, gorras, camisetas, banderas de España, hasta la bufanda de Manolo el del bombo. Todo, para apoyar a la selección.

Es la fiebre de La Roja, que ha conseguido que los españoles perdamos la vergüenza a exhibir la bandera de España, que ha logrado que este símbolo no tenga más connotaciones que las estrictamente deportivas y que ha conseguido que nos sintamos orgullosos de lucir el rojo y gualda como signo del equipo al que pertenecemos.

Pero La Roja no sólo ha logrado provocar la efervescencia nacional en nuestro país. También es una buena medicina contra la crisis porque por espacio de 90 minutos más el tiempo de descuento te hace olvidar las penas y sumergirte en una marea de emociones, tensión y patriotismo. Y es que durante el tiempo que dura el partido no hay más preocupaciones que el que la pelota entre en la portería, no hay más enfermedad que la lesión que algún jugador pueda sufrir y no hay más problema económico que el de las primas, no las de riesgo sino las que ganarán o perderán los jugadores en función del resultado del partido.

Millones de personas estarán pendientes de las pantallas de televisión para ver jugar a su equipo, para soñar con una victoria que hacer suya, para gritar desaforadamente cuando pierdan y abrazarse al hermano en selección cuando gane. Millones de personas unidas por un balón, ataviadas con el uniforme de su equipo cual jugador en el banquillo, coreando vítores, pitando al árbitro, fotografiando el momento para que quede impreso en el papel igual que está quedando en la retina.

            También es una buena oportunidad para entablar relaciones sociales, estrechar lazos familiares, abrazar, besar o llorar. Todo depende de cómo se desarrolle el partido. Si ganamos, toca celebrar; si perdemos, analizaremos los fallos y debatiremos cuál ha sido el error, aunque siempre nos quedará acordarnos de la madre del árbitro de turno.

            Pero con todo, La Roja está impulsando en nuestra sociedad valores como el compañerismo, el trabajo en equipo, el esfuerzo, la ilusión, la responsabilidad, la vida sana, valores que hoy día parecen perdidos tras una maraña de superficialidad e individualismo pero que están ahí, candentes y que salen a flor de piel cuando juega nuestro equipo. Ese equipo compuesto por héroes del balón, auténticos superhombres para los niños y los no tan niños, que encuentran en ese grupo de hombres un referente, un modelo, un ideal. Hombres que todos querríamos en nuestra familia como hijos, hermanos, maridos, primos o padres. Hombres que son referente de un deporte de pasiones, de una selección con alma.

            Así, gane o pierda esta Eurocopa, La Roja ya ha conseguido su gran triunfo.